“En realidad, le decía el otro día a un amigo, yo sólo necesito una casa pequeña rodeada de árboles, una pequeña casa con ventanas grandes, una mesa para escribir las horas muertas, y una ciudad cerca con museos y cines que parezca que está lejos”.

Vista así, mi humilde pretensión -nada original, por lo demás- parece poca cosa pero o pego ya un pelotazo que me permita comprar el sueño en cuanto la banca tóxica esa saque los pisos de los pobres a precio de saldo o me quedaré en este piso que compartimos mi entidad prestamista y yo para siempre jamás.

Bien mirado, me parece indigno adquirir a precio de ganga una casa de la que una familia ha sido expulsada por impago. Una canallada, que diría mi padre. El valor de un inmueble debería tener relación con el esfuerzo y el cariño que uno pone en él, no con que esté en Lavapiés, Aluche o la Moraleja. Sí, esta es una de mis ideas peregrinas, pero el deshaucio se me antoja una de las crueldades contemporáneas más dolorosas. Y que haya inversores con las fauces abiertas a la espera de llevarse un botín en los saldos de sangre y lágrimas es inmoral y dramático.

Mi casa es el primer día que entré y me pareció que el salón podía ser una gran pista de baile. Es la epopeya de un tabique que demolí nada más divorciarme. Es la tarde en que montaba la cuna de Minichuki, que estaba al llegar, y la vestía despacio con aquel juego bordado de sábanas que fue de mis hermanos y mío.  Es ese domingo de mayo en que las chukis y yo convertimos una terraza en un chill out y nos pasamos horas tratando de encontrar un misterioso blanco roto que no fuera un vainilla o beige cuarto de monja. Son, también, esos cajones desastre llenos de todo tipo de quincallas que no consigo domesticar porque el caos se crea y se transforma, pero no se destruye. Mi casa es la construcción de la estantería que bautizamos Taj Majal, por lo lenta y farragosa, y la colocación impaciente de tantos libros que nos dan calor y sentido. Mi casa es el cuarto de una adolescente donde siempre hay que llamar porque nunca se sabe, y la colección de disfraces con la que Minichuki despliega su personalidad múltiple. Es el amor y el desamor, los revolcones y las tardes de gin tonic con amigos. Los desaires y la cama con gripe. La paella para cuatro. La furia y la palabra.

Y si un día te deshaucian imagino que no solo te quitan las paredes, sino la memoria. Te arrancan los recuerdos que guarda y custodia la alfombra del salón de baile. Te arrebatan la sensación única de estrenar sábanas limpias cada jueves en esa cama que cambiaste de sitio obsesionada por el desnivel del cabecero. Si te echan a patadas de tu hogar te desbaratan la irritación de abrir tu armario y comprobar que la bisagra sigue rota y no has llamado aún al carpintero. Te cercenan la ilusión de esperar junto al teléfono una llamada que no llega, con la taza de té humeante en la mesita de las velas de jazmín.

Si te echan de tu casa por impago entenderás que con tu hipoteca firmaste un pacto del Lucifer. Le vendiste tu alma y tu salud. Tendrías que trabajar treinta años sin caer a la cuneta un solo día.

Y entonces llegó la crisis, como un vendaval, y lo arrasó todo. Y no hago más que ver carteles de “se vende” en muchos pisos de gente que se ha caído de la rueda. Y doy gracias por poder seguir alimentando el hambre voraz de ese banco al que hipotequé mi alma y mi destino. 

Y no permito que muera mi sueño de una casa en el campo, con una ventana aunque sea pequeña. Y una mesa. Eso, una mesa.