Mi querida Big-Bang:

Imagina que quieres redecorar tu vida en blanco roto. Fácil, ¿no? Hasta que llegas a la tienda y te preguntan qué tipo de roto quieres: ¿blanco almendra, blanco hielo, blanco sal marina, blanco seda…? Y ahí yo, tan listilla, pierdo los papeles. Tanta terminología cromática me aturde, me desorienta. Puedo pasar, como pasé, cuarenta minutos frente a una estantería mirando el pantone como Champollion debió mirar los jeroglíficos egipcios. Desazonada, confusa, con un hormiguillo tal que sólo me faltó abrir los botes, meter el dedo y chuparlo para salir de dudas.

Desde que el blanco no es blanco la vida se nos ha complicado mazo. La culpa es de una infancia azul marino en la que el rojo era rojo, y del amarillo limón al amarillo huevo mediaba un trecho que impedía confusión alguna.

Hasta que mi hermana acuñó el término “rojo sangre de pinchón” y algún esnob acuñó el azul petróleo, y mi abuela dijo que me había comprado un abrigo “cola de rata”, y el verde quirófano de toda la vida pasó a ser “verde menta”, para mi perplejidad, porque las hojas de esa planta aromática eran como el resto de las hojas. O sea, verde hoja. Y ya entradita en años supe de la existencia del azul Klein, ése que siempre habíamos llamado azulón o azul Marruecos. Y al gris marengo se le sumó el gris plomo, y el fucsia fue magenta…

¿Que a qué viene tanto preámbulo? Pues a que me he pasado el fin de semana subida a una escalera, con un pañuelo atado a la cabeza y dos aprendices sin vocación dando por saco con los rodillos. Sí, el planazo era pintar mi cuarto en blanco roto, y lo primero que se nos rompió fue la ilusión al abrir el bote. “Mami este blanco es amarillo de toda la vida”, dijo una. “Yo lo veo vainilla como sucio”, apostilló la otra. “Este es un genuíno blanco roto y la primera que abra el pico tendrá que escribir cien veces lo que se me ocurra, algo muy largo y con muchas diéresis…” amenacé con desmayada convicción.

Sí, el contenido del bote era el típico color crema de cuarto de monja. Un tono inofensivo, virginal y…horroroso. Lo digo aquí, pero no pienso reconocérselo a esas dos enanas que me ayudaron a convertir un picadero de pasión y desenfreno en un cuartito de solterona que hoy me pide a gritos que cuelgue un petit point de perros de caza en una pared y el crucifijo en el cabecero.

¿Qué será de mi vida vainilla a partir de hoy? De momento, esta noche he dormido con mi hija. Porque el el tono de la pared me impulsa al amor materno. Es más, cuando ayer volvía a poner los botes de cosméticos y perfume en su sitio sentí que estaba profanando una iglesia. Un lugar de recogimiento como mi nuevo cuarto no casa con afeites, ni siquiera con anticelulíticos.

La mujer blanco roto que soy está muy bien definida: lee Telva, viste en discretos tonos marrones y con pantalon de pinzas bien subido a la cintura. Es adicta a la media melena de mecha estilo PP, toma el aperitivo después de salir de misa, viste a las chukis a conjunto y, lo más importante, tiene un marido al que llama cariño o cari mientras le oculta las compras de su último asalto a El Corte Inglés.

Así que sólo tengo dos opciones: Adaptarme a mi nueva pared o engañar a mis aprendices con frases del tipo “En trabajo os hará libres” y salir a por el único color que no admite matices: el negro zaíno. Digo yo que un dormitorio así como mucho me hará gótica, siniestra o asesina en serie. Mucho más atractiva y sexy que la mujer vainilla. Dónde va a parar!!!!