En Nairobi conoció a una mujer. Estaban sentados juntos mientras esperaban sus vuelos. Era alta, curvilínea, con unos pendientes de oro minúsculos. Tenía la piel rubicunda y la voz cantarina. A Alan le gustó mucho más que muchas de las personas de su vida, de las personas a las que veía a diario (…) Si se hubiera atrevido, habría encontrado la manera de pasar más tiempo con ella. Pero, en su defecto cogió el avión y voló a Riad, y luego a Yida.  (“Un holograma para el rey”, Dave Eggers)

Puede dividirse a la población general que pasa de los cuarenta entre los que cogen el avión a Riad y los que se quedan con la chica. Los primeros, cabría pensar, con sensatos y cobardes. Los segundos, impulsivos y jugadores de azar. Irse con la chica requiere osadía y capacidad de levantarse de ese batacazo previsible que es la decepción. Irse a Riad requiere superar el hormigueo incómo y eterno del “¿Y si…?”.

(A veces lo mejor es subirse al vuelo de la chica sin pensar. Aunque sea a Riad. Al fin del mundo)

Dave Eggers

Anoche el cansancio sólo me dejó leer un párrafo de esta novela de Eggers que ansío atacar hoy a lo bestia. La precede una cita de Samuel Beckett: “No todos los días se nos necesita“. Tiene razón ese hombre de rostro esculpido a hachazos. A veces necesitamos y que no nos requieran se parece al descanso eterno. A veces convendría no necesitarse a uno mismo. Llegar a casa, ponerse el pijama limpio que huele a suavizante de jazmín y revolcarse en la cama con las palabras. No te necesito. No te necesito. A veces uno querría subirse a un avión, a cualquier avión, en pos de una mujer, de un hombre que no te necesita y pedirse un gin tonic, uno cada uno. Y leer la última de Dave Eggers y dormirse en hombro ajeno, las manos entrelazadas, la respiración pesada como una piedra gigante.

Pero, seamos sensatos. Un hombre, una mujer, que no te necesita en absoluto es posible que no quiera seguirte a Riad en absoluto. Riad no es el destino más romántico del mundo, convengamos. Un día de primavera supera los 42º, y a las mujeres no nos dejan conducir. De manera que todo hombre insensato mayor de cuarenta que se suba a un avión detrás de una mujer que va a Riad terminará de chófer y sudando. La imagen, querido Dave, no es precisamente tórrida. Al menos no desde el punto de vista erótico.

Si yo cogiera por impulso un vuelo con destino a Riad elegiría muy bien al hombre. Tendría que tener aspecto de poder llegar a necesitarme un poquito, sin depender de mí. Ir con un dependiente por esas calles a 42º se me antoja una pesadilla insoportable. Pero con un hombre que no te necesita en absoluto tampoco sería el ideal. Lo mismo se olvida de que estabas y te deja tirada en el lobby de un hotel.  Fría de aire acondicionado, fría de despedidas.

Tendría ese hombre que llevar su propio libro. Y su carnet de conducir. No son muchas exigencias, me parece. La piel rubicunda nos la podríamos ahorrar, pero puestos a elegir una voz la de mi desconocido misterioso sería una de esas que al estallar lo ocupan todo. Los huecos, las esquinas, la puerta de emergencia, el oxígeno. Alguien que  escoge con cuidado las palabras para que el vuelo no se llene de turbulencias, de adjetivos defectuosos, de discordancias y onomatopeyas.

Si pasados los cuarenta te da por viajar a Riad, debes seguir tus impulsos. Has visto y conocido a muchos hombres y mujeres. Deberás llevar provisiones de Biodramina y varios libros de Beckett y de Eggers. Deberás llamar a la azafata: “Un gin tonic de Bombay Saphire y otro para el caballero”. Intercambiaréis los nombres, las tarjetas. Te pedirá una cita. Qué absurdo, ya estamos juntos y sentados varias horas. No importa, quiero una cita. ¿Tal vez un café?, responderás. “No tomo café desde 1986”. 

No todos los días se nos necesita, pero hay días en que necesitamos con desesperación. Y llegas a casa y tus hijas están viendo la tele y te besan de refilón y no te necesitan, y está bien. Y te calientas un caldo y te quedas un rato con ellas viendo un programa concurso insoportable. Porque odias los concursos incoportables pero amas a tus hijas. Y te enganchas a una en el sofá, y te asalta un bostezo y luego otro. Y sueñas con Riad, con un avión. Y te despides y te pones el pijama que huele a jazmín y te metes en la cama, las sábanas recién lavadas, y coges el libro y te revuelcas con un hombre llamado Dave Eggers. Un polvo rápido, un párrafo. Y está bien. Y el sueño es el vuelo tranquilo y al fin sin turbulencias.