De cuando en cuando, Venecia se hunde.
Es una noticia recurrente y me la encuentro esta mañana. Que Venecia se hunda supone que se hunde nuestro ADN romántico más tópico. La épica del viaje. Los canales como posibilidad de una aventura remada entre palacios que se traga la bruma. Si se hunde Venecia mueren Thomas Mann y tanto cine evocador y de aventuras. Venecia no es un ciudad, es un símbolo. Es la decadencia, es la casquivana Peggy Guggenheim en ese palacete que adoro sembrado de giacomettis en el jardín. Es el mercado donde compro guindillas y un hotel con embarcadero de aguas oscuras y jardín versallesco. Es aquel año de la Bienale de Arquitectura y la visión entre grúas de un paisaje perfecto lleno de grietas y astillas de barco viejo.
Venecia se hunde y se hunde el año que vivimos peligrosamente. En cada cena o comida de estos días hay unanimidad en querer matar 2013 antes de que sus peste nos mate a nosotros. Hay años arrogantes, prosaicos, delictivos o correosos. Y luego está 2013, que es un compendio de todo eso. ¿Cómo te trató la vida, mi querida niña?, pregunta H. “Dormí poco, corrí mucho y no he arreglado el suelo del salón”. Pero este año no volví a Venecia. Ni a Roma. Ni a Oporto. Y debo hacer algo urgentemente para reparar este desatino.
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Peggy Guggenheim |
Hay lugares para volver aunque se te hunda el suelo. Hay años en los que apenas viajas y te asalta un jet lag inexplicable. Quedarse es morir. Rendirte al tedio de las horas, de los días. Un viaje es un destino, es un plan, es una incógnita. Un despliegue de medios, el misterio a punto de ser desvelado. El trolley nervioso como un corcel por los adoquines de Rothemburgo, al galope. De repente regresa ese impulso de ir al aeropuerto y coger el primer avión. ¿Hay billetes a Venecia? Un libro, dos biodraminas y un mapa con anotaciones. Puerta de embarque. Despegue inmediato.
Se hunde Venecia y dan ganas de matarla. De rematarla como a esos pesados que siempre lloran su marcha pero no se van. Como este 2013 que no fue tan mal, después de todo. Pero una vez escrito el relato se quedará así, suspendido sobre unos pivotes que envejecerán azotados por las corrientes, el frío y el calor. Pero inmortales en su sustento firme de palabras. Y ese plan escapista que es una fuga en sí. La cita con Peggy. Sentadas en la escalera del palazzo, con vistas al Canal. Sendos cigarrillos en boquilla de plata y un móvil de Calder bailando sobre nuestras cabezas. Qué profunda emoción…
(Venecia es una mujer vieja y sola que fue bella y se le resquebraja el maquillaje).