Me cuenta D. que el otro día, en un semáforo, presenció una interesante conversación de pareja. “Él era muy pijo, pero ella se salía”, puntualiza. El tipo le decía a su mujer que el fin de semana había invitado a comer trufa a alguien, a lo que ella, visiblemente irritada, respondió: “¿Y por qué tenemos que invitar a ésos? La respuesta fue muy convincente: “Porque es un plan“.

Al darse cuenta de que todo el semáforo estaba pendiente de su discusión, la mujer empezó a hablar en francés. En este punto D. reproduce un par de frases con meticulosa exactitud, acento Sorbona y esa leve sonrisilla mefistofélica del que ha violado la furiosa intimidad de una tacaña bilingüe.

Una pareja sin un plan es un naufragio. Una pareja frágil o mal avenida, me refiero. Lo que apuntala a las parejas cuando el amor flaquea es una agenda bien cargada donde apenas haya hiatos o espacios en blanco. Abismos de silencio donde uno, o los dos, de repente puedan pensar: ¿Y yo qué hacía con este/a?

Sospecho de las parejas que hablan sin parar y de las que no hacen nunca planes a solas. Rodearse de terceros es el parapeto más eficaz para que el vacío no te inunde.  A veces los terceros son los hijos, y cuando se van de casa suenan las trompetas y los ejércitos se desperezan como tras una larga siesta y sacan sus armas, un poco atrofiados pero con la determinación de Atila.

Hay excepciones, desde luego,  porque una es tan reduccionista como fan de la trufa en cualquiera de sus formas gastronómicas. Tuve un novio in ille tempore tan extremadamente sociable que cuando paseábamos siempre se le ocurría visitar a alguien. “Mira, ahí vive una ex vecina de una prima tercera de mi madre. ¡Vamos a saludarla!”. Yo me encogía de hombros y recuerdo haber tragado en bastantes ocasiones, por defecto de juventud o por falta de carácter. La consecuencia fue que a partir de entonces me aseguré de enamorarme de insociables, huraños o misántropos diagnosticados. Seres con mucha vida interior y ninguna necesidad de visitar señoras a horas intempestivas.

Una pareja sin plan es un mapamundi de colores extendido sobre una mesa de castaño viejo. Una tarde de sofá y película. Un tú a Boston y yo a California, pero cerca. Un asalto de cama y un desayuno largo y estrecho con el periódico y los pensamientos al vuelo. Un paseo sin paradas. Un viaje a ninguna parte que no cuestiona el sendero ni las fondas. El cómodo aire sin palabras que lo sobrevuelen. Las zapatillas de franela y el ligero desorden que no incordia.

Para esas otras parejas, las de la trufa, hay alternativas al suicidio. Alguien me contó el otro día que existe una empresa especializada en confeccionar planes de fin de semana a medida. Cada jueves y una vez que rellenas un cuestionario con tus gustos y aficiones, más los de la contraparte, te envían un mail con propuestas que atiborran esas 48 horas de tensión y desasosiego. El reto es no parar quieto un minuto. El frenesí de un programa que haría palidecer de envidia a los touroperadores más sádicos, esos que te llevan a recorrer 15 países europeos en diez días. 

Se trata de aturdir a las parejas. De impedir un sarpullido de desazón. De someterlas a un trasiego tan feroz que al llegar a casa por la noche se derrumben en la cama y por fin tengan algo común de lo que hablar que no sea un subterfugio contra el pánico:

-Menuda paliza nos han metido, darling. Estoy tan agotado que no puedo ni hablar.
-Pues calla y duerme, mon cherie. Hasta mañana.