Para que uno sienta miedo tiene que haber otro consciente de que si toca la tecla precisa conseguirá provocárselo. A veces el otro es un precipicio al que nos asomamos y en el dilema de me tiro, no me tiro,

se nos van las horas y construimos relatos. Historias que nos dotan de un mínimo cariz épico con el que sobrevivir a nuestra condición de seres vulnerables. Imperfectos. Aterrados.

Anoche antes de acostarme recibí el mail de mi amiga C., una mujer con miedo a no tener un lugar propio. La habitación de Virginia Woolf, salvando las distancias y con más equilibrio mental.  Su texto se organizaba, como las obras teatrales, en planteamiento, nudo y desenlace. Me entristeció el desenlace porque no parecía contemplar una salida satisfactoria para ella. Un abracadabra que actuara como mecanismo de apertura de una puerta oculta en la cueva de granito. “A ver, necesito consejos, sugerencias, otros puntos de vista”, nos decía a las amigas. Ese era el arrranque del mail. El final era una postdata: “Cambiando de tema. Hoy he circulado a 90 km, con la cuarta marcha puesta por la carretera de Toledo (no sé que N es)”.

Naturalmente, me dio la risa. 

Mi amiga tiene miedo a la velocidad y la comprendo. Sacarse el carnet de conducir más cerca de los cincuenta que de la edad del envalentonamiento tiene mucho mérito. En realidad, el miedo a la velocidad es miedo al descontrol. A apretar el pedal demasiado, o incluso a confundirse de pedal y pisar el acelerador cuando toca freno. Eso que nos ha pasado a todos los que fuimos al examen de conducir como quien va a la guerra sin botas ni fusil.  Sin vocación y sin más ardor que la certeza de que el coche era la libertad, una forma de libertad muy sui géneris pero de efectos inmediatos. Pisas el acelerador y sales disparado como en la nave Enterprise. Magia potagia.

En este punto trato de recordar la matrícula de mi coche y, una vez más, no lo consigo. A menudo que pasa que cuando voy a repostar no recuerdo dónde está la palanca que abre el depósito de gasolina (que por cierto, creo que es gasoil, ya gripé el coche por la confusión), ni siquiera la que abre el capó. Tampoco tengo muy claro el paradero de “los papeles” (de hecho no sé bien de cuántos hablamos ni cómo se llaman)  y la tuerca de seguridad sin la que es imposible cambiar las ruedas es un expediente X en sí mismo que convirtió en una pesadilla el rescate en carretera hace unos meses. Pasar la ITV, ya lo he contado, se parece a vadear el Rubicón una noche de tormenta tenebrosa, y el Tom-Tom es una máquina infernal diseñada para desorientarme con una voz bien timbrada, eso sí.

Y puede que todo este amasijo de incógnitas ligadas al coche sea puro miedo, querida C. Porque lo que no se nos da del todo bien nos produce un hormigueo mental, una gangrena paralizante, y el impulso es tirar el coche en la cuneta. Dejar que la grúa se ocupe y suspirar por un chófer disponible con la guantera llena de biodraminas y un cd con música chill out que nos relaje hasta que nos rescaten.

Pero no. No hemos llegado hasta aquí para rilarnos y no podemos confiar en el rescate. No sé muy bien, querida C.,  cómo voy a contestar a tu mail encabezado con el asunto “Consejo o algo”. Seguramente elegiré “algo” porque no me siento la más indicada para darte un consejo en el asunto que planteas y que no desvelaré aquí, desde luego. Porque no me queda lejos, porque a mí también me toca. E instalada en “territorio algo” te diré que a veces no es susto o muerte. Que cuando más ganas tienes de huir es cuando hay que quedarse. Hasta que se pase el miedo. Para no dejarse intoxicar por los gases de la incertidumbre. Que hay días en los que conviene apretar el freno cuando el cuerpo te pide acelerar y viceversa. Y esperar a que pase el temblor, y volver a recuperar la calma. Abracadabra.

Que el abismo es un trampantojo del demonio. Que tienes suerte de ser tan valiente y sacarte el carnet precisamente ahora. Que detrás de un aguerrido o aguerrida siempre hay un miedoso preguntándose qué pedal debe apretar. Y que el miedo no se va, pero se encauza si se le da margen y un nombre y apellidos. (A-co-jo-na-da, estoy acojonada)

Que siempre hay un grieta en la montaña de granito, ya verás.

Y que la carretera de Toledo no es N, sino A-42. Lo acabo de mirar,  yo tampoco lo sabía.

P.D. Ponte a tope esta canción y ya verás. Es puro abracadabra.