Mi querida Big-Bang:
Una vez tuve un affaire con un guerrillero del M-19. Es el episodio más osado de mi biografía, sin duda, y lo saco a colación cuando quiero hacerme la chulita en entornos con currículos sentimentales mucho más consolidados y exóticos que el mío (la mayoría). Aquel guerrillero y yo bailamos en la Plaza de las Ventas por Juan Luis Guerra y su café en el campo, rodeados de seguratas de la secreta que a la pipiola que yo era impresionaban tanto, que me pasé la noche tratando de adivinar dónde guardaban sus armas, metralletas, granadas de mano o nuchakos mortíferos.
El guerrillero sería muy fiero, pero movía las caderas como un bailarín profesional de la compañía de Celia Cruz, en un contoneo in crescendo no apto para esqueletos con artrosis. Cuando rozó el paroxismo con la melodía “Quisiera ser un pez, para mojar tu nariz en mi pecera…” me enfrié tanto que se desmontó el mito del asesino de montaña y amante de groupies a troche y moche. Disimuladamente traté de poner pies en polvorosa. Pero los de la secreta colombiana son perros de presa pertinaces y me indicaron dónde estaba el jefe, por si me había desorientado con tanta vuelta y tanto frenesí merengue.
Los tipos duros siempre te sorprenden. Lo mismo les da por llorar la muerte de su guacamayo macho que por adorar a una virgen de Guadalupe en un altar ambulante y kistch. Tienen esa cosa sentimental tan Coppola de descerrajar un tiro con una mano y abrazar a la mamma con la otra. Y saben seducir con su leyenda como nadie. Mr M-19 me contó la historia de la guerrilla, las persecuciones por la selva y cómo se celebraban los muertos sin conciencia de matar, con una excitación que ningún polvo conseguía igualar. Yo escuchaba la palabra polvo y me encogía en mi silla, con la grabadora como escudo protector. Y el tipo me merendaba con mirada de “tú serás la próxima, nena”, mientras con la otra mano se bebía un té. Tan elegante como Lord Byron. Tan grácil en su juego de muñeca como una bailarina del Bolshoi.
Con los años supe que el tipo se había pasado a la política de traje y corbata. A las medias verdades, a las mentiras perfumadas con Farenheit. Adiós a las armas, al fuego cruzado, a las trincheras húmedas y a las jovencitas fascinadas con relatos hiperbólicos. Al tipo le faltó ser un póster, como el Ché. A mí me sobró el último baile. La grabadora, la perdí. La fascinación por los tipos duros de manual, también.