Querida Big-Bang:
Cada vez que rompo una relación pongo una cruz en el mapa y marco los lugares por donde ya no pasaré. Esta práctica, que aprendí de las tropas alemanas, está convirtiendo mis paseos por la capital en una ginkana a mala leche. (Ahora que recuerdo, puede que la tierra quemada fuera una invención de los rusos, pero la historia ha pasado por mí mucho más rápidamente que yo por ella, y aquí me tienes, con el mapamundi desplegado y lleno de aspas. Territorio comanche).
Y no sólo es la ciudad, a veces son comunidades autónomas completas. Y aquí la cosa se pone más chunga porque, ¿cómo ir a Valencia sin pasar por Cuenca? Pues dando un rodeo del carajo la vela. No es de extrañar que mis amigos declinen amablemente acompañarme a cualquiera de mis viajes, porque deben pensar que para Philleas Fog ya tienen el libro de Verne, sabedores de que a los kilómetros deberán sumar el plus de despiste, las dilaciones en rotondas y cruces y las paradas en las gasolineras más cutres para vomitar o leer el Cuore.
La realidad es que mi vida se ha ido complicando desde que pongo cruces, y no sólo al volante. Con esto del desamor he dejado de ir a restaurantes, clases de yoga, mercados de abastos y hasta médicos de Asisa. Porque una es una sentimental y cuando le remueven los recuerdos le da una tupitaina incontrolable. Y con esta tara voy a tener que vivir, lo sé, condenada a terminar mis días en casa, presa del síndrome de Diógenes y sin más compañía que la del de la teletienda.
Entenderás que estoy en Defcon-8 y que si no me llega ya el pedido de pastillacas voy a echarme a la calle mapa en mano, y puede que la benemérica tenga a bien detenerme y pedirme la documentación al detectar maniobras sospechosas en mis andares. Y obedeceré, porque nunca tuve un lío con un hombre de uniforme. Y si procede, iré al trullo obedientemente. Y como por el momento no he puesto aspas en los centros penitenciarios me quedaré, bien tranquila, rezando para que el violador del Ensanche no solicite un Bis a Bis conmigo y la liemos parda. Bien pensado, lo mismo debería ponerme yo misma una cruz en el pecho, cual letra escarlata, como aviso a navegantes. Así no se me acercará ni dios. Porque si lo hace y rompemos me veo en el infierno de Dante chamuscada por toda la eternidad.