A veces los demás nos definen.
-Ah, ¿tú eres de esas que no se dejan regalar?
¿Yo soy de esas? No sé si quiero entrar en esa categoría porque ignoro qué otros rasgos tienen “ésas”. Supongamos que no dejarse regalar va unido a no comer postre, a no permitir que te besen el cuello o a negarte a soplar las velas en el cumpleaños. Entonces no, no soy de esas. Pero puede que a ésas lo que no les gusten sean las sorpresas porque las teman.
Una sorpresa es un sobresalto que a veces termina bien y a veces en la UCI. En tal caso prefiero que me regalen unas flores.
-Bien, si eres tan honesta, tan digna, tan recta… te regalaré un former.
Si te quieren regalar un “former” deberás pensar primero en qué diablos es eso. Pero no sin antes rebobinar la retahíla de adjetivos que te están regalando. Y entonces llega la sorpresa. Porque dichos con un retintín sarcástico, digna, recta, honesta pueden ser insultos que te colocan en un territorio incómodo. Si protestas puedes parecer desagradecida. Si callas, estás juzgando al presunta deshonestidad del que te tienta. Y en esos, casos, lo mejor es beber un trago de whiskysauer, el último elixir de los dioses.
-Verás, no megustan las sorpresas, pero gracias por tu aborto de regalo. (Respuesta correcta, sólo articulable después de esa bebida prodigiosa).
A veces los demás marcan el territorio de nuestra inconsistencia. Tal alarde me parece una violación que debería juzgarse en el tribunal de la Haya. A veces los demás nos someten a una gynkana de pesadilla donde todo consiste en buscar a la carrera si somos rectos, dignos, pusilánimes o débiles a la tentación.
Y puede que vivir sea taparse los oídos cuando llegan los cantos de sirena o entregarse en sus brazos y surcar el mar en busca de una nueva identidad menos recta, menos correcta.
A estas alturas no sé si quiero un former. Pero necesito desesperadamente otro café.