Mi amiga C. ha vuelto a vivir a casa de  su madre. Tiene 47 años, un trabajo de freelance que se tambalea y una asombrosa capacidad para hacer las maletas y cerrar la puerta tras de sí. Algunos lo llaman reinventarse. Y sí, es un eufemismo cruel. Mi amiga C. ha tenido que alquilar (otra vez) su propia casa para sobrevivir. Y ha vuelto al…