El diario como un aprendizaje caníbal. Uno termina devorando sus despojos en la ilusón de que ya se arrancó las piernas y los brazos, y por lo tanto no siente, no hay latido. Mi retorno a Amiel engendra monstruos de sueño y escritura. Parece que me grita, su agusanada mente del siglo XIX: “No tengas el aliento tan corto, no te objetives tan deprisa; eres…