Llevo buena parte del verano durmiendo en un colchón sobre el suelo, en medio del salón, para burlar los calores del asfalto. Se trata de una colchoneta dura, de 90×180 cm, más de celda de monja franciscana –“hermano Sol, hermana Luna”– que de rubia con flamante cama de látex y sábanas de algodón egipcio. No es que el apaño sea cómodo. Mis riñones recuerdan cada…