Lejos de provocarme una cruel melancolía, volver a casa de las vacaciones me dispara la euforia. Madrid recibe hoy con brisa fresca y es un regalo de los dioses, tan inclementes en agosto. Vuelvo a tener conexión wifi, la pantalla del portátil ha dejado -milagrosamente- de jugarme malas pasadas y mis libros están ahí, todos ellos, abiertos en canal, sin obligarme a esa fastidiosa maniobra…