Mi niña Sara fue y volvió. El techo como bóveda de azúcar, luces frías. Pilotos encendidos. La máquina del vending con esos sandwiches tiesos que masticábamos sin ganas. La Enfermera del Amor,  pelirroja y urgente, atravesando pasillos como un rayo. Llamaradas de grito, camitas alineadas en sus boxes. Mi hermano siempre en bata, mascarilla y fundas en los pies para no alterar su respiración leve…