Mi sobrina R. me informó ayer muy seria de que de mayor quería ser “o futbolista o domadora de delfines”. Andábamos las dos barriendo hojas del jardín de esa comuna que compartimos mis hermanos y yo, un chalet decadente y sesentero donde casi siempre está roto casi todo y al que el abandono del invierno convierte en una escenario bélico con ginkana de esfuerzos colectivos…