Anoche, en la emisora donde recalé huyendo del fútbol, un esquizofrénico y una bipolar hablaban de cómo vivir con una enfermedad mental sin volverse loco. Él tenía una voz dulce y envolvente y la mujer un discurso tan sensato y cabal que me quedé pegada a sus voces y a la narración de sus anécdotas. Sus crisis. Sus ingresos. Sus relaciones de pareja, con amigos, laborales. El hombre, que imaginé joven y atractivo -me pierden los bienhablados- ponía como ejemplo titulares del tipo “Esquizofrénico atraca un banco y mata al director de la sucursal” y argumentaba: ¿Verdad que no titularían “Diabético rompe un Picasso en el Reina Sofía en pleno ataque de hipoglucemia”?
Leo hoy que el 75% de las personas con enfermedad mental asegura haberse sentido discriminada en alguna faceta de su vida. Y lo entiendo, no voy a hacerme la comprensiva universal. Si un tipo en un ascensor que se detiene entre dos pisos me confesara ser propietario de un TOC (trastorno obsesivo compulsivo) me alteraría más de la cuenta, imagino. Pero vivimos rodeados de ansiosos, anoréxicos, depresivos, insomnes, agorafóbicos, hipocondriacos o alcohólicos sociales sin alterarnos demasiado. Porque hay etiquetas y etiquetas.
Yo misma tengo pánico irracional a la desorientación y al mareo. Eso provoca que me pierda y me maree en ocasiones. Los vómitos no se me cortan hasta que no me pinchan Primperán, cuando ya estoy deshidratada. Lo cual no me convierte en una loca peligrosa al despegar el avión, pero sí en una mujer necesitada de un brazo amigo al lado y de una buena bolsa para vomitar. Cada vez que cojo el coche temo que me deje tirada. Mi dibujo de la desolación es un coche en una glorieta rodeada de nada. La naúsea. Cada verano decido vender mi Volkswagen y contratar a un chófer cariñoso y amante de la literatura, pero luego entro en razón -eso tan convencional- e indulto al pobre auto y me hago mirar lo mío, que me parece una solución menos drástica.
Soy muy partidaria de la terapia y observo a demasiadas personas “normales” que rechazan el diván como si fuera asunto de pirados. Algunos tienen tanto que ocultar que prefieren no meter la piqueta no sea que la ponzoña que se encuentren dentro les impida dormir por las noches. Otros, simplemente, no pueden pagárselo y transitan entre orfidales sin receta y ataques de ansiedad que ellos llaman estrés para no sentirse mal.
Estar estresado mola porque te convierte en un profesional. Sentir pánico cuando conduces por una carretera que de repente te parece Marte o Júpiter te convierte en una mujer débil y poco atenta. O sea que hay trastornos cool y trastornos de mierda.
Y luego están esos otros que requieren medicación de altos vuelos. Como los de anoche, en la radio.
Entre unos y otros hay una inmensa cantidad de seres que sufren y no saben por qué. Que se despiertan sobresaltados a las cuatro de la mañana pero aseguran estar muy bien. Que no se implican en las relaciones porque un día alguien los hirió de muerte. Que lloran sin razón aparente. Que estallan en cólera al mínimo conflicto. Que se quedan en la cama cuando pintan bastos en la oficina. Que a veces se echan a la calle sin rumbo y sin destino porque lo necesitan. Que a menudo desconectan el teléfono porque no soportan hablar con nadie. Que quisieran despertarse y ser otras personas. Que todo les pesa demasiado. Que siempre terminan con gente tóxica la última copa de la noche. Que les atrae el peligro porque sin adrenalina no sienten…
El mundo está lleno de locos pendientes de disgnóstico y ayuda. Propongo un outing de debilidades que nos limitan y que, cuando nos las tratamos, en sesiones duras donde uno no puede escapar de uno mismo, nos hacen sentir ese chispazo íntimo que se llama valor y confianza. Y cierta lástima por quienes han decidido seguir con el simulador de salud y equilibrio mientras sobreviven como despojos sin etiquetar. Convencidos de que están bien, no como esos pirados de la radio de anoche.
Mi amiga B. tiene una compañera con trastorno bipolar que