Cyrano de Bergerac

Quien resista la lectura pública de sus mails sin hacer muecas, que tire la primera piedra.

Ayer me lo decía un amigo que se ha enamorado ardientemente, en parte, por escrito: “las letras son peligrosas”. Hay casos de ardor que se cocieron en las llamas de la correspondencia y que no resistieron el encuentro cuerpo a cuerpo. Los dedos mienten, fabulan, mejor que la mirada. O lo mismo no.

Puede que al escribir seamos otro, desdoblados, el yo más íntimo o aquel que en realidad querríamos ser. La simulación de uno mismo que cuando es espiada por terceros produce estupor y temblores (Querida Amelie Nothomb, no me gustas como autora pero aquel fue un gran título). Conozco algún caso de celos que han impulsado a fisgar los mails de la pareja, con pronóstico grave en la caída. Creo que antes habría que cortarse las manos. Es posible que lo que leyeran no fueran las verdaderas intenciones y vehemencias del otro. Sólo un juego al que jugaba en el rapto apasionado de aporrear unas teclas y darle a un botón. Con un propósito, es verdad, pero distante del alcance real del sentimiento.

Recuerdo la sensación desagradable de escuchar mi voz en la grabadora. Un extrañamiento poderoso que me situaba delante de un yo distinto y lleno de taras. El otro día lo pensaba cuando se difundieron las cintas del caso Gurtel. Qué bochorno debieron sentir Camps, el Bigotes y toda la panda de apandadores de trajes y regalos deluxe. Sí, aquéllos tiparracos que tanto se querían por teléfono seguramente se detesten hoy, y detesten a esos alter egos que se calentaron con un propósito  y en un tiempo concreto.

Los mails los carga el diablo, insistiré. Sin embargo habría que preguntarse qué parte de nosotros queda desparramada por esas líneas que vuelan y atraviesan océanos como el sepulcro de Drácula en la tormenta. Puede que la inmediatez, la pasión, nos haga volcar el alma y las tripas, dejando poco espacio a la razón. Que gane Mr.Hyde la batalla contra el elegante y comedido Dr.Jeckyll. El sentimiento, la duda, los jirones del corazón, la intriga, la seducción. Las palabras son el perfume más embriagador que se ha inventado. Pero, como los besos, deben cazarse al vuelo y no volver atrás a interpretarse.

O puede que haya que reunir de cuando en cuando el valor de releerse, y dejarse llevar por el vértigo de un viaje al centro de la tierra. Al pálpito que ahogamos al cerrar la tapa del ordenador o la bandeja de mensajes de nuestro móvil.

Somos lo que escribimos. Y es tan íntimo que hay que asegurarse de que sólo nos contemple la mirada del destinatario. Leer mail ajeno es profanar la tumba de Tutankamon. Mil años de maldición, una tempestad de arena, cristales rotos y migas por el suelo que pisamos descalzos.  Seamos salvajes de palabra, pongamos las tripas calientes en bandeja y evitemos mirar de reojo las del otro.

Pido la voz y la palabra a oscuras. Y el fisgón que fisgue cumplirá la condena eterna por haber entrado sin permiso en la cueva de un dragón que muerde y brama.