Lo siento. Escuchar a Pepa Bueno por la mañana me ataca los nervios.

Sí, entiendo que es lo que se llama una “buena profesional”, pero siempre la veo como una impostora. Es una intuición poderosa, nada demostrable y seguramente tenga más que ver con que esa voz pretendidamente grave, ensayada y sin un quiebro hacia la espontaneidad conecta con la de alguien que en otra vida me tocó las narices. O puede que sea su ausencia de brío, eso que hace que Angels Barceló me parezca una diosa con micrófono. Mandona, pero tolerante y cariñosa cuando toca. Alguien que te diría a la cara lo que piensa de ti y luego os irías a tomar cañas sin rencor. Mientras que a Pepa la imagino ladina y correosa. Más devota de la corrección política que de los tertulianos que sacan los pies del tiesto (O sea, que a Miguel Ángel Aguilar lo tendría castigado en un rincón y cara a la pared por llegar tarde y desatarse, entre otros excesos).

A la mujer maniática que empiezo a vislumbrar en mí le importan muchísimo las últimas y las primeras palabras del día. Una decepción justo antes del té de roibo de la noche garantiza un sueño letal del que hoy recuerdo estas truculencias: Una persecución con perros chiguagua furiosos en el jardín de Tita Thyssen, la desaparición de mi móvil y la súbita aparición de otros tres aparatos destartalados y de origen desconocido en mis bolsillos, y el susto de amanecer en casa y no recordar qué hice con las chukis, dónde han dormido, segundos antes de descubrir a un desconocido en mi cocina que me avisa de las torturas que me va a infligir con brillo diabólico en la mirada.

Me arrepentí de haber dicho que no a las insistencias de Minichuki por colarse en mi cama. Y lo siguiente, tras largos minutos de terror mirando al techo de madrugada, ha sido escuchar a Pepa Bueno y su leve pero irritable engolamiento. Su serenidad postiza, que en mis fantasías oculta una mujer al borde de un ataque de nervios.

Ya, sí, soy prejuiciosa y tiñosa y debería hacérmelo mirar. Pero hay personajes, obras y objetos que detesto con las vísceras: Steve Martin y Jim Carrey entre los actores. “El Tiempo entre Costuras” en el capítulo libros que no leo y sin embargo miro de reojo (no sé si es el tufillo monjil del título, su condición de best seller que leen los que no leen o que no sé coser un bajo de pantalón sin cagarla, con perdón).  

Y hay más: El Mozart tontuelo de Cosi Fan Tutte. Los puentes de Calatrava, el líder de la secta Moon (aunque reconozco que siempre me han divertido sus bodas masivas en campos de fútbol), las rosquillas de San Isidro (tontas, listas o superdotadas), las mujeres que consultan todo a sus maridos, el tofu y la leche de soja (y a los defensores de los lavados de colon, qué asco), las perlas en el cuello,  las bragas marrones de mi vecina y a los rompesiestas. Esos que te llaman entre las cuatro y las cinco de un domingo cualquiera.

Lo dejo aquí, porque las fobias no pueden vencer a las filias. Y unas últimas palabras, por decepcionates, no merecen pasarme al lado oscuro.

Pero como medida de salud mental cambiaré urgentemente de emisora.

Mis disculpas a Pepa. Esa profesional que nunca fue más ella misma que cuando presentaba aquel programa de sucesos.