Lo que más me interesa del asunto independentista catalán es hasta dónde se va a tensar la cuerda. Soy partidaria de no mantener a nadie a mi lado contra su voluntad. Es más, ante la mínima sospecha de desinterés del otro tiendo a hacer la maleta y me voy. Llamadlo orgullo, abulia o falta de recursos para encajar una derrota. No hay nada más patético que amagar y no dar:

-Como sigas así te dejo.
-Pues vale.
-Como sigas así, me voy…
-Ya, ya.

Las amenazas que no se cumplen generan descrédito y de ahí a la burla hay un paso. Los padres lo experimentamos a diario. No sé qué ha pensado Artur Mas al respecto. Pero me parece que la actitud reactiva de Rajoy es el revulsivo perfecto para excitar el debate y enfervorecer a las masas al convertirlas en víctimas de un “estado central opresor” que no reconoce la identidad de un país, de un territorio.

Ayer, mientras veía sin volumen el debate en el Congreso, pensaba qué pasaría si la votación hubiera favorecido la celebración de la consulta en Cataluña. Si el mensaje de nuestro aguerrido presidente y su cla, del resto del hemiciclo, hubiera sido: “Adelante, hagan el referendum. Pregunten a los catalanes si quieren vivir en un país con sus fronteras, su fiscalidad, su economía propia y todas las consecuencias que se deriven de la independencia. Bien explicaditas por expertos neutrales, a ser posible”. Sin alegatos incendiarios contra la inconstitucionalidad, esa cruzada que desata el ardor guerrero de unos y el victimismo irritado de otros.

(La Constitución española es la moderna cruz de los cruzados)

Hace unos días mantuve una conversación sobre el asunto con un hombre muy mayor, andaluz reposado, inteligente, tolerante y nada visceral. Decía esto:

P { margin-bottom: 0.21cm; }
“A mí la verdad es que este tema me
pone nervioso. En ese sentido soy nacionalista español, pero por
otro lado pienso que si los catalanes lo sienten ¿por qué no? Me molesta porque
me siento no querido
. “No queremos ser españoles, no queremos ser
como tú”
, dicen, y se refieren a “estos fascistas de Madrid”. Ahí yo caigo en las
trampas normales…  Si hay unas elecciones y las ganan, aunque
sea ilegal, no sé cómo van a sortear eso. No van a llevar a los
tanques…”

Lo que pone nerviosos a unos y a otros en este debate, me parece, es el sentimiento de menosprecio, la pasión desbordada que desata y ciega el discurso racional, ideológico. Al margen de lo que personalmente sienta, que no creo que sea interesante ni aporte nada a la humanidad, me parece que cualquier debate generado desde las tripas y el corazón está condenado a convertirse en una guerra. O como mínimo en una canción de Pimpinela.
Si no te quieren debes irte. Si te quieren más bien poco, debes irte. O al menos no poner un cerrojo bien grande en la puerta que recuerde al otro que está prisionero. Esta es la norma general y asumo que no puede transladarse a la ligera al terreno político. Pero no hay nada más bochornoso que un hombre o una mujer que lucha por su amor con una llave y un candado para que no se escape. A veces dejar la puerta abierta es la mejor manera de que no haya fugas.
Rajoy y Artur Mas
Que alguien explique a los catalanes y al resto las consecuencias de una ruptura. Los beneficios y los riesgos de toda índole. Que alguien diga que a todos les está interesando desatar las pasiones, el fervor, el proteccionismo, los fantasmas del pasado, la furia, la frustración, el miedo, porque un ejército sin soflamas es un desfile militar en la Castellana. Que alguien aplaque a las fieras y dialogue con ellas. 
Porque me parece que, como dice mi contertulio inteligente y veterano, todos estamos cayendo en las trampas normales. Y nos las ponen unos y otros, no lo olvidemos.