“Aquel hombre tenía todo el aspecto de estar casado con una mujer muy fea con la que practicaba sexo imaginativo”.
Hay personas que son personajes. Cuando las conoces te asalta una frase como un rayo que te achicharra lo justo para calcinarlo todo excepto tu imaginación. Luego, como eres de conciencia escrupulosa, intentas apartarlo de tu mente pero es imposible. El tipo, del que sin duda sabes poco, no sólo está dotado de un corazón abierto al amor como un mapamundi, sino que en su nevera es probable que haya tres tipos de quesos mediocres, anchoas en aceite de girasol y una botella de ginger ale.
Un buen personaje jamás te decepciona. Posee la coherencia que a ti te falta, y sus contradicciones están programadas, de modo que nunca osarías reprochárselas. Es uno y trino. Duerme solo con el pantalón del pijama y se peina sin raya. Hasta que conoció a su señora parecía desinteresado por el sexo femenino y consideraba que un señor que entra en una corsetería a comprar un conjunto a su pareja era un guarro. Ni más, ni menos.
Confieso que no me gusta nada comprar lencería cuando hay un hombre sentado mirando, o trasteando entre los sujetadores. Lejos de encontrarlo tierno, me provoca rechazo y un pudor irremediable. Mi personaje diría que es de los que adquieren por catálogo looks íntimos más cercanos al sadomaso que al satén. Su fea esposa se los pondrá, desafiante, y quiera el cielo que no le dé por airear sus fantasías en Instagram. Porque ellos son de los que se graban en video para excitarse los viernes por la noche. Y se quieren, vaya si se quieren.
Como a los personajes hay que situarlos en un punto del planeta, elegiré una capital de provincias de no más de 60.000 habitantes. Podrían ser de Huesca, una de esas ciudades pueblo, con su casino, sus pórticos de El Coso y sus deliciosas trenzas de azúcar almibarado. Un lugar donde el tiempo se detiene los domingos y los viejos se aburren como vacas que espantan moscas.
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Huesca |
El protagonista, ahora que lo pienso, en algo recuerda al dueño de los Almacenes Rafael, tienda vetusta de mi barrio que podría ser de Huesca o de León. Su escaparate, invariable hace más de treinta años, es un compendio de bragas de cuello vuelto, batamantas acrílicas, calcetines de oferta y corbatas tiesas de caballero para desafectados de la moda. Sus carteles, escritos a mano, son una oferta permanente. El mostrador, de madera. La luz, blanca de fluorescente. Y un horror vacui tan ordenado que el señor Rafael y su ayudante -una mujer que fue joven hace 30 años y se ha hecho vieja entre fajas y hules al corte-, encuentran cualquier cosa que les pidas en un santiamén.
Rafael conoce a las mujeres como nadie. Es una más, cuando les explica las bondades de una media de cristal color visón introduciendo el puño con delicadeza para no saltar los puntos. Las uñas, impecables y pulidas. El bigote de siempre y un tono capilar que huele a química. A tinte descatalogado de un marrón clarito inexistente en el pantone universal. La chaqueta de punto, color panza de burra. El pantalón de tergal. Y su edad, un reto para cualquiera porque siempre ha estado igual, desde que yo era pequeña y acompañaba a mi madre a por goma elástica o paños de cocina de algodón.
En este punto debo apartarme de la realidad porque Rafael, el hombre, es célibe como la madre que lo parió. Y mi personaje, ya lo he dicho, tiene otros gustos y una mujer fea que ya olvidó su fealdad a base de amor y de tientos en el culo. Mantendré Huesca, de momento, como escenario de los hechos, y los viernes como citas para la contorsión y el disfraz de cuero acrílico.
En la nevera, queso y longaniza. Y champán barato, que un día es un día y el ginger ale es más para las visitas o para la nuera, esa mujer de gustos raros y dudosa catadura moral.