En tiempos de pérdida de intimidad uno debe poner a cubierto algunas cosas. Por ejemplo: el nombre con el que lo llaman en la oscuridad.
Me parece bastante íntimo el menú de mi I-pod. No lo había pensado, pero suelo ocultarlo a la mirada de mis vecinos de autobús, como si pensara que, de ver que escucho a Leonard Cohen, pudieran deducir que soy melancólica o aburrida, o que me quedé atrapada en Suzanne porque cualquier tiempo pasado en mi vida fue mejor.
Se nos acaban las oportunidades de esconder nuestras esencias. El libro que leemos, nuestra calle favorita o con qué atuendo nos vamos a dormir. El otro día, en un escaparate, mis amigas y yo contemplábamos unos nuevos leggins push up con relleno en el culo. Nos pareció un disfraz sólo a tiro de voyeurs. “En cuanto te palpen descubrirán la gomaespuma, la trampa bajo la ley de la mentira”, advertí. “Se trata de que no te toquen, que sólo te miren”, respondió una de ellas. Pues vaya.
Mirar se ha convertido en el primer deporte mundial. Miramos los muros ajenos en facebook, los estados de ánimo, las fotos del viaje de un desconocido o lo que está escuchando en Spottify. Somos fisgones de lo ajeno, y hemos creado la ilusión a los demás de que nos conocen, de que pueden atisbar una parte muy íntima de nosotros que en realidad se parece al relleno de la lencería de mujer. Ese que dibuja contornos nuevos, bien definidos, que realza y oculta, que despista. Pero el desnudo no tiene trampa y se parece más a la lista de las cosas que siempre se nos olvidan y apuntamos en una moleskine, el sonido de nuestro despertador, el interior de la nevera o el número de cremas que nos ponemos antes de irnos a dormir.
La nueva intimidad debe definirse sin mostrarse. Con un código nuevo que provoque reconocimiento entre iguales en un breve vistazo. Me parece sublime viajar en el metro con alguien que, a tu lado, está leyendo el libro que tu lees o la revista donde escribes. La tentación de preguntar es inevitable y, sin embargo, resulta mucho más interesante quedarse mudo y observar su rostro mientras pasa las páginas, y tratar de adivinar su gesto, y marcharse al llegar a tu estación con una incógnita y un deseo que esta vez no se cumplió.
Y así, en un encuentro fortuito, imagino el cuestionario perfecto para conocer al otro:
-¿Cuántas veces pierdes las llaves de tu coche?
-¿Enciendes las luces de techo de tu casa?
–¿Qué guardas en el primer cajón de tu mesita de noche?
-¿A quién llamas cuando tienes frío y está oscuro?
-¿Cuánto tiempo tardas en arreglarte para salir a la calle?
-¿Qué te reprochan tu ex?
-¿Qué tres objetos salvarías de un incendio?
-¿Odias a Jim Carrey?
-¿Mojas salsa con el pan?
-¿Qué fármacos consumes a menudo?
Lo dejo porque se me ocurren demasiadas preguntas y no creo que un desconocido esté por labor de saciar mi curiosidad. Para que vean que voy en serio, empezaré por mí: me gusta dormir envuelta en algodón, desconjuntada y odio las luces de techo y los marcos con fotos. Jamás encuentro el cargador del móvil y cuando salgo de los sitios no sé si debo ir hacia la derecha o hacia la izquierda. Cuando lo consigo, como premio, me chuto una de Van Morrison o la escalera al cielo de Led Zeppelin. Nada moderno, me temo.
Y mi padre, en la intimidad, me llama bruja.
pd. Agradeceré que los desconocidos respondan mi cuestionario como banco de pruebas. Es urgente que la nueva intimidad defina sus contornos. O no…