Una mujer de mediana edad se queda encerrada en el cuarto de baño. Forcejea con el picaporte y comprueba que no va a poder salir por sí misma. Empieza a golpear tímidamente la puerta, y luego pierde la timidez. No es una situación airosa para nadie, así que el equipo de salvamento menos cualificado de la historia se persona -nos personamos- con un arsenal de ideas como para abrir un butrón en una joyería pero no para un rescate de emergencia a esas horas en las que las luces de la oficina se han ido apagando.

Probamos con una moneda, y de pronto recordé el truco de la tarjeta de crédito. En una época convulsa de mi vida solía dejarme las llaves puestas por dentro de casa, y llamaba al cerrajero cada dos por tres. El hombre, que a veces tenía toda la pinta de haber sido ratero antes de pasarse al otro lado, sacaba de su maletín de herramientas una humilde tarjeta de crédito y la introducía por el quicio, para tirar enérgicamente y…¡abra cadabra!. Yo entonces solía exclamar con alborozo: ¡Qué fácil, no?, y el tipo me miraba con cierto sarcasmo y un “¿sí? Pues a ver si sabes hacerlo solita, rubia, que a este paso Mapfre te retira la póliza por reincidencia” muy elocuente.

Así que ayer tiré de background y me contorsioné con la tarjeta arriba y abajo mientras L., la prisionera del wc, me decía: “Que no, que estoy viendo desde aquí que no se mueve el pasador ni un poquito”. Tardé un rato en rendirme a la evidencia, y entonces pedí la segunda arma letal:

-Necesitamos una pinza de depilar. ¿Quién tiene una?

Mientras, L. nos reclamaba su teléfono móvil, que se le pasó a través de las rejillas respiradero de la puerta, y hacía la llamada del reo. El comodín del público. A su marido, desde luego, que sin perder la calma le hizo dos preguntas muy propias de marido:

A- ¿Estás sola?
B-¿Han ido a buscar la palanqueta?

Sí, él sugería una palanqueta y yo una pinza de depilar. Todos los tópicos de género se condensaban en uno que podría dar título a un best seller costroso de amplia difusión en la Feria del Libro o en la Teletienda. “De palanquetas y pinzas de depilar. Por qué los hombres entran a saco y las mujeres pelo a pelo”. Pero nosotras conseguimos algo mejor: localizar al de mantenimiento. Un señor menudo, encantador, canoso y grunge que respira zen por los cuatro costados, lleva coleta y tiene pinta de practicar sexo tántrico. El hombre daba instrucciones a L. despacio, como si se tratara de un ejercicio de relajación, y ella contestaba: que no, que no, que no…

-Venga, que lo estás haciendo muy bien.

L. declararía después que se hundió al escuchar esa frase porque encerraba los peores presagios. El zen bajó sin prisas a buscar “la herramienta” y la cla de cuatro mujeres que acompañábamos a la Rapunzel del inodoro nos reactivamos. Con la pinza de depilar V., una ratilla nerviosa y lista, consiguió sacar la tapa del picaporte, e instó a L. a hacer lo propio con la suya. Ya teníamos contacto visual cuando llegó el Mr. Zen cargado de destornilladores y palanquetas. Pero no había manera. L. sudaba pero se sentía poderosa con su móvil. Yo hacía fotos al operario y se las mandaba por wasap a L. y a su marido, que me contestó un”Tampoco hay tanta prisa, oye..”, muy inquietante. Al final, Mr Zen dijo la frase: “Ha ocurrido lo peor. El pasador se ha roto”.

-Pues pase al plan B. Sugerí. Método Rodríguez. O sea, patada en la puerta.

El hombre me miró con cierta prevención, se encogió de hombros, advirtió a L. de sus intenciones (“súbete al váter, majeta”, le dijimos) y sólo después el zen se lanzó como un kamikaze contra la puerta, que se abrió al fin para alegría de la prisionera y todos celebramos el sucedido con euforia propia de un lunes de rentré bien animado.

Hoy, pasado el calor del momento, he extraído dos conclusiones de calado: Que en adelante pienso ir al baño con mi móvil y una palanqueta -sea lo que sea este instrumento- y que el tantrismo es absolutamente inútil para la vida práctica (y tengo mis reservas sobre el asunto sexual, pero a falta de experiencia daremos por bueno que el megaorgasmo sin roce existe, como las meigas).

P.d: Por su parte L., recuperada la libertad, sólo se lamentó de que no la hubiera rescatado un bombero macizo.