Mi querida Big-Bang:

Hoy es el gran día. Toca epatar “a propios y extraños”, que diría el HOLA, con unos (putos) macarrones. De toda la vida, el macarrón ha sido ese plato pobre que se crecía con el chupchup de la salsa de tomate y algún que otro tropezón vistoso. Como las mujeres con mechas y pelo de rata (mi caso). La cuestión es que esta vez no voy a retirarme del fuego, porque a la pasta le joroba mi falta de constancia y de vigilancia. No como a mis chukis, que están en un punto de asilvestramiento tal que las llamas para ducharse y ponen cara rara, como si no relacionaran bien los conceptos de roña del prado y agua con jabón.

Por no hablar de esa querencia de la pequeña a ponerse las mismas bragüelas un día y al siguiente. Y la jodía las esconde bien para que no se las requise. Menos mal que la adolescente lleva una chivata dentro y suelta con sutileza, si es preciso delante de los invitados: “mamá, esa guarra ha vuelto a ponerse las bragas amarillas”. Y con las mismas se da la vuelta para peinarse. Porque es tan sucia como la hermana, pero los pelos se los cuida más que Marilyn Manson antes de un concierto para peluqueras punkys.

Reconozcámoslo. La vida doméstica no es lo mío, de ahí que haya convertido los (putos) macarrones en un ritual. Como si me mentalizara de que hoy sí voy a ser ama de casa de manual. Con su delantalillo impecable y un trote ligero que no deja arruga sin planchar ni embozo retorcido. La cosa que es que llevo toda la vida queriendo dar paso a la maruja que me habita, pero algo salió mal por el camino. Un click que me hace quemar las lentejas de forma recurrente-ya sabes- o poner un vaso de menos en la mesa. Creo que una vez me soltaste en el diván: “eso es rebeldía, nena”. O desidia. Ten en cuenta que crecí con una frase paterna grabada a fuego: “La perfeccción no existe”. Y cuando mi padre decía esto ya sabíamos que la estantería de turno tendría un desnivel de unos tres centímetros, y que mi madre le iba a echar una bronca del carajo, al hombre.

El perfecto macarrón debe estar al dente si es a la italiana, y como sea si es astur. Es decir, que la clave está en que los invitados ilustres vengan con más hambre que Pocholo en la isla, y se zampen el plato sin elaboración teórica previa. Claro que eso es algo que J. no va a consentir, porque J. es un ser teórico, nasío pa pensar, y no puede soportar que una trabajera de siete a nueve se zanje sin prólogo ni epílogo. Faltaría más. Lo que me obliga a entretener al respetable con algún chascarrillo de los míos que distraiga su atención del speech del otro, de modo que cuando quieran pararse a pensar se hayan puesto hasta el mismísimo (culillo) de (putos) macarrones y no haya retorno reflexivo posible, más allá del paso al gin-tonic on the rocks.

Te dejo, que la cocina me llama a gritos, desgañitándose. Mándame un kit de pastillacas anti estrés por si me da un repente en plena cocción macarronil. Ya sabes lo que nos altera a las neuróticas fijar la mirada en el punto de cocción, lo mismo que a las rubias de Hitchcock marcarse un flashback. Si esta noche te animas, aquí estaremos adorando los (putos) macarrones bajo las estrellas. Y volveré a amordazar a mi maruja hasta el año que viene.