Prometeo encadenado. Rubens

Ayer arranqué el día viendo  múltiples versiones del Prometeo encadenado. Unos escorzos imposibles que resumían todo el desgarro del ser humano. Lo terminé con una conversación somnolienta sobre la resiliencia. Esa virtud que consiste en convertir las heridas en cicatrices y superar el trauma-rencor hacia quienes te las causaron.

Sobreponerse.

Prometeo encadenado, la torsión de su dolor y un águila comiéndole las entrañas parece la máxima expresión de la violencia. Los pintores del siglo XVI y los del XVII rivalizaban en la plasmación del mito, una de las cuatro Furias  o moradores del Hades greco latino (Ticio, Tántalo, Sísifo e Hixión). El horror como fin en sí mismo.

Ayer en el Museo de El Prado un ejército de japoneses y yo misma interpelaba los cuadros con esa distante condescendencia del que se sabe a salvo de la ira de los dioses.

Cerca de mí,  una mujer se ocultaba tras una mascarilla sanitaria. Junto a ella un hombre,  imagino que su marido,  la colocaba delicadamente delante de cada obra en el ángulo exacto que debía considerar idóneo. Luego le susurraba algo en japonés y ella asentía. Sus ojos miraban despavoridos algunas de las escenas, como si reviviera un episodio del pasado ardiente y lacerado. Como si la visión del fuego, las cadenas y la carne retorcida y trorturada la torturasen a ella, o a algún ancestro.

De todas las Furias representadas, me quedo con la de Rubens y las de Ribera. Esas composiciones del cuerpo humano tan elocuentes y virtuosas que cabe pensar en los modelos sobre los que pintaron. Cuánta violencia en el estudio de un artista, pensé. Y cómo el dolor expone al cuerpo a escorzos que violan todas las leyes de la física y la biología. Cuando el alma grita, la carne se estira, se retuerce, se desangra, las venas se rompen y los huesos crujen.

Se llama dolor. Y hay algunos, los resilientes, que sacan partido y se hacen fuertes. Y devuelven paz a la furia y ofrecen un espectáculo de superación humana que es la obra de arte más sublime que uno pueda imaginar.

Esa que no se exhibe en ningún museo, pero debería.