Cada domingo a las doce después de misa, los dormitorios de “La Nené” eran habitados por borrosos fantasmas que parecían brotar de las devencijadas camas, como si volvieran a la vida en busca de antiguos rastros prisioneros por las sábanas almidonadas de amor“.

Encuentro en el relato de Fernando Iwasaki (Helarte de amar. Páginas de espuma) cierto consuelo de palabras ahora que el café ha sido exterminado de mis rutinas y soy una mujer al ralentí. Nunca hice elogio de la lentitud, en las clases de yoga pensaba en otra cosa y las palomitas me las como a dos manos aprovechando la oscuridad del cine de verano, ansiosamente. “La disparada ética del velocista sin cuádriceps”, pensé titular un relato, satisfecha al sopesar que disparada podría tornar disparatada. Y ser un texto reversible, que lo mismo para un roto que para un descosido.

Observo con curiosidad mi proceso detox, y bebo boldo, manzanilla con anís, hierba luisa o roibos. Escribo más despacio, o eso me parece, y recuerdo que ayer me preguntaron quién eres y qué te gustaría y me dejé unas palabras olvidadas en la esquina, como esas borras de la escoba que no limpias. Hay quien se toma la vida entera para responder. Sería más fácil que te preguntaran quién envenenó a Neruda. O qué mueve a la gente a hacer colas infames a la puerta de grandes almacenes para comprar unas bragas de fibra inflamable a precio de risa, sí, o una americana de Balmain por 300 euros.

Balmain para H&M

Detesto las colas, y en todo caso deberían estar para que te den a ti, no para pagar cuando alcanzas tu objetivo. A uno se le hinchan las narices y un día decide que no espera más. Esperar es un gesto de aeropuerto. Un gesto de farmacia o de gabinete chic para hacerte las uñas. ¿Quieres un café?, te dirán. No, me he desenganchado. Lánguida perdida, ahora mi temperamento podría propender a la indolencia, eso tan metroburgués, tan irritante. En mi nueva situación tal vez confeccione un álbum de fotos con plumas rosas pegadas en los márgenes, morosidad terciopelo. Y me siente en las escaleras de madera vetusta de la librería Lello, ese lugar de culto que pisaré de nuevo en unas pocas semanas. Lentamente.

Entretanto. “Preguntas esenciales para un primer acercamiento al ser humano, sea hombre o mujer”, escribe mi personaje, el reversible sin piernas:

1. ¿Eres hipo o hipertenso?
2.Cuáles son tus palabrotas preferidas.
3.Qué alimentos caducados alberga tu nevera.
4.¿En qué te has gastado los últimos diez euros?
5.¿Cuántas veces te miras al espejo?
6.¿Harías cola para una cita de amor?
7.¿Qué primer regalo le hiciste a tu pareja?

(El hombre que la quiso un rato compró una cafetera al poco de conocerse. Fue un bonito gesto -él no tomaba café- que agradeció sin duda. El café era como el amor, como un molto vivace y una tormenta de rayos de colores. ¿Qué se le regala a alguien que se ha quitado de todo lo excitante para excitarla un poco? (Añadir la pregunta con el número 8).

Debo averiguar quién envenenó a Neruda, mientras tanto. Y escribir el relato del velocista cojo, que frecuenta puticlubs de barrio popular y se amortaja en esas sábanas tiesas y curadas de espanto.

Neruda muriera envenenado