Ginsberg y Kerouac no me dejan dormir. Me acuesto con sus cartas entre las manos y me sorprendo haciendo grandes esfuerzos por no perder una línea. No dan tregua con sus juegos dialécticos, sus ataques al otro, la imbrincada expresión de lo que piensan, lo que sienten, lo que imaginan, lo que proyectan. Son tipos complicados, amantes insaciables, y te asfixian con su genio mientras una parte de ti suspira por llegar a un párrafo despejado, un prado verde en medio de tanta arista montañosa.
No me interesan las personas simples, pero las necesito. Son lugares en los que descansar, escuchar los pájaros y sacar la botella de agua para echar un trago. Lo justo para volver a los otros, los espíritus más atormentados que se preguntan cosas todo el rato. Lo que no quiere decir que me atraigan los intensos. Esos falsos intelectuales de pacotilla que tejen telas de araña de colores y concentran su energía en profundizar de bagatelas. No es el caso de los beat boys con los que me acuesto. Pero calculé mal el tiro y no pensé que un revolcón literario con ellos me dejaría insomne y sumida en pensamientos tan enrevesados.
Hay libros para leer con un lápiz en la mano e ir subrayando. “Cartas” es uno de ellos. Los diarios de Susan Sontag, otro. Virginia Woolf, siempre. Además de reflexiones hay apuntes sobre libros, retazos de contradicciones creativas que terminan siendo novelas, nudos y contranudos (sí, esto último no existe pero hacérselo con tipos complicados es lo que tiene). Son esos volúmenes en los que tardas en pasar las paginas más de la cuenta, y no por aburrimiento. Cuando los leo me siento tan mediocre que dejo de escribir, me quedo en suspenso y me parece una temeridad avanzar rapidillo por la página en blanco si no hay nada que merezca ser contado.
También me bloquea el exceso de sentimiento. Cuando siento no escribo, decía no sé quién (Becquer, bendito Google que nos deja sin dudas…). Y una vez Pedro Almodóvar me confesó que cuando se enamoraba apenas avanzaba en los guiones “bastante tengo con sentir”. Si he de elegir entre crear o sentir elijo echarme al monte como ellos, Kerouac, Ginsberg, Burroughs, se echaron a la carretera. Pero las cobardes no pasamos del gin tonic como estímulo por la tarde, que es una forma de amagar sin dar.
Compruebo que esta lectura me trastorna, así que voy a ver si me hago con un John Le Carre que hay en la estantería de la casa que alquilo, o con un Stephen King en su defecto. Sexo rapidillo, sin complicaciones y con cigarro postcoital con vistas al verde y sin ese poso de arena que me han dejado los otros. Esos tipos interesantes que te ponen de patitas en la entrada de una clínica Detox con pasillos laberínticos y Thomas Mann de loquero.