Mi querida Big-Bang:

Desde que tengo oficialmente una urticaria aguda y me drogo con coartada y receta médica no falsificada soy mucho más feliz. Por la noche me entrego a la ataraxia legal con un vaso de leche de esos que me provocan los picores, y por la mañana me chuto una de cortisona con un puñado de almendras letales para mis histaminas. Así ando equidistante entre la somnoliencia de la una y la excitación de la otra. y J. me recuerda con sorna que eso ya lo introdujo Woody Allen en una de sus pelis. “Venía a decir que si no tomaras ninguna de las dos pastillas te quedarías igual, nena. No eres nada original”.

Las sentencias geniales están todas inventadas, me temo. Los judías norteamericanos bajitos y gafapasteros suelen acuñar un puñado de ellas al año y arrastran masas de incondicionales a las pantallas, mientras que a los mortales no nos queda otra que ensayar tímidamente con nuestros amigos un par de chascarrillos para salir airosos de las situaciones más chungas de real life.

Luego están los que hablan y hablan para no decir nada, en una maniobra de hipnosis trilera que te confunde y te deja desactivada la maquinaria de la respuesta correcta. Estos charlatanes también son fuente de inspiración para el cine y otras bellas artes, como la casquería fina (de cascar a machete, se entiende). Al final, y después de mucha observación miope, he decidido que cuando no hay nada realmente imprescindible que decir, lo mejor es quedarse callado. Creo que la palabra está sobrevalorada y que no es necesario comunicarse tando. Frases como “cariño, tenemos que hablar” han hecho mucho daño al matrimonio, mientras que de silencios onerosos están las camas llenas (y las tumbas, sí).

Porque, vamos a ver, ¿qué intenciones tenía el primero que promovió la conversación durante el sexo? Pues despistar, evidentemente. Suplir la falta de habilidad y concentración con los susurros con sujeto, verbo y predicado. Obligar a su pareja a menospreciar al orgasmo con una retahíla de frases tontas y claramente fuera de lugar, que no casan con el objetivo de la madre naturaleza. “Si follas, no converses” sería un gran eslógan, pero fijo que se me echarían encima los sexólogos más recalcitrantes y los que se han creído eso de que si no comentas las faena es como si no hubiera pasado.

Después de esta diatriba contra las palabras estoy mucho más tranquila. La cortisona y los dos Nespressos han hecho su trabajo. Ya puedo lanzarme a componer frases en prosa con rima asonante e intenciones turbias. Mándame tres o cuatro cajas de Atarax por mensajero que si sigo desparando la metralleta lo mismo empiezo a recibir anónimos amenazantes de esos colectivos que promueven la conversación con los hijos o el razonamiento con los chuchos. Qué disparate, oye!