Colección Slimane para Saint Lauren Otoño Invierno

De repente, me sorprendo planeando una pedicura de urgencia, tres películas iranís o japonesas bien raras y una revisión de armarios para hacer hueco a la nueva temporada. La colección de Hedi Slimane, tan vapuleda por los circunspectos gurús de la moda, es la más clonada en el circuito low cost, leo. El neogrunge deluxe vuelve por sus fueros y tendremos chaquetas oversize y vestiditos con botas para rato.

Hay un tipo de síndrome postvacacional que debuta antes de terminar las vacaciones y se sustancia en planes que estallan al unísono como fuegos artificiales sin olor a chamusquina. Hoy acudiré a despedirme de mi amado Lord Byron con mi amigo B. tras bebernos un vino en la pradera; un ritual que repito cada año y que me hace llorar a veces, pero en diferido. Hay un vacío no tipificado que debuta justo antes de la despedida y que se combate con anticipaciones extrañas. Ayer, sin ir más lejos, la emprendí con el maletero de mi coche de comercial de éxito y juro que saqué tres bolsas de arena de la playa. Este mismo gesto en la ciudad provoca contracciones epilépticas, así que me anticipo y todos tan contentos.

Si ayer es mañana duele menos. Hoy, sin embargo, debo ralentizar el paso de las horas. Es un día crucial en el calendario de mis afectos y encima ha salido el sol para contradecir a los agoreros que dan por hecho que el Norte es la patria de la lluvia y las ideas con bruma.  Los alérgicos a la nostalgia cortamos por lo sano y ensayamos la felicidad en bancos de prueba tan hostiles como el asfalto de la carretera. Ya soy septiembre, ya me siento un poco Slimane y en cuanto llegue a la capital del reino emprenderé una excursión al otoño indumentario y le haré el vacío a las sandalias, los tirantes y los shorts. Un corte de magas a lo que fue, aunque todavía no se haya ido.

El síndrome postvacacional ése…

Toca revisar el uniforme de Minichuki, comprar los libros escolares y buscar un gimnasio para trotar cuando llegue el duro invierno. Pero antes, una boda luminosa, el Festival de San Sebastián y ese baño salvífico en el balneario de la Perla que es otro rito imprescindible para entrar en la rutina con buen pie y mejor cutis.

Toca leer lo no leído, recuperar el hueco en el sofá y cambiar algún mueble de sitio. Hacerle el boca a boca a la urbanita que fuiste y dar gracias a los dioses por estos días de tregua que se han llevado por delante las arenas movedizas del cansancio, el temor y la melancolía.

Y así, a lo tonto, ya me siento un poco neogrunge. Un poco oversize. Un poco Otoño.