Redecorando mi vida

He soñado un sueño recurrente: organizo un viaje absurdo, embarco a mis amigos, nos perdemos en el aeropuerto o se pierden las maletas. El avión despega una, dos, tres veces; y aterriza otras tantas. Vomito. Me pierdo por el pasillo camino del baño. Las caras de mis amigos se han borrado y no los reconozco de vuelta, así que me siento en un asiento cualquiera. La azafata finge que no me ve pese a que presiono muchas veces el piloto sobre mi cabeza. Los motores rugen en un estruendo insoportable. Me pongo los tapones, pero entonces no entiendo lo que me está diciendo el de al lado. Le sonrío, me mira raro. Vuelvo a vomitar, esta vez en su regazo. Me empuja asqueado. Le comprendo.

Efectos de la vuelta. Después de tantos días sin más rutina que escuchar las quejas de un ojo llorón y sin parche regreso a la trinchera. En el camino he descubierto que una casa puede absorberte hasta zampársete entera (vaya hallazgo de poca monta, pensaréis). Benditas amas y amos de casa que se meten entre los pliegues de un territorio demanda voraz y despiadado donde siempre hay algo que hacer o mejorar. Hay papeles que no guardaste y te saltan al abrir una caja. Hay una nevera que llenas tú y vacían los demás en tiempo récord. Hay unos hijos que asumen que estás, así que actúan como si fueras un servicio 24 horas. Hay un portero que te mira con cara de: ¿y ésta qué hace a estas horas por aquí?, pero no se atreve a preguntar. Hay un frenesí inusitado por el orden, -ya que estás en casa necesitas, exiges, la armonía de la que careces- y una persecución porculerísima a esas dos desaprensivas que pasan como Atila por lo que ya ordenaste.

Y no has leído ni escrito una línea en semanas, y es una negritud que te pone como el arco de un violín, dispuesta al salto. Y te han aguantado porque pobrecita con la que le ha caído encima. Y no has sido especialmente amable, ni paciente. Y te has pasado una semana entera en otra ciudad de turismo terapéutico con parrochas y gatos. Y no has cogido el teléfono en muchos días por no repetir la letanía del parte médico, que avivaba aún más la sensación del dolor.

Una borde. Te has convertido en una rara asocial, peor madre que la que sale a trabajar temprano y vuelve tarde comprando la fruta apresurada antes de que cierren y el forro de un libro para mañana.

Y después de años sin verlo, todas las miserias del abandono se han manifestado: la tira del parquet sin barnizar, una bombilla pelada, el cuadro mal colgado, la despensa con tarros de conserva caducados por amontonamiento. Los demasiados zapatos enredados en cajones sin oxígeno.

Me he enfrentado a las criaturas voraces de la casa y salgo trasquilada. Contenta de volver a la oficina. De reencontrarme a mis amigos compañeros. De bregar con mi mesa y mis papeles. Ser ¿ama? de casa full time no es lo mío, creo que lo de nadie. Requiere desvivirse, trabajar para otros que no perciben nada. Descubrir el contenido de los cajones del caos. Y no poder eludirlos: Comprarte una carpeta archivador, dos, tres y cuatro. Ir poniendo, trabajosa, los partes médicos, los papeles del coche, las facturas (¡¡96 euros en agua!!), los seguros de vida…

-No sabía que estaba tan asegurada. Voy a sentarme con las chukis a enseñarlesel archivador de la muerte (así la he bautizado). O sea, lo que van a percibir si me olvido de respirar -que decía mi abuela- o me incapacito a tope.

Salvador Sánchez Barbudo, un hallazgo!

Hoy es un lunes jueves y estreno piel de calle. He jugado a la Bonoloto sin fe y ayer escuché un Rachmaninov vibrante en el Auditorio Nacional para ir abriendo boca. Ojalá alguien invente una App mágica que gestione el hogar y a las desastres como yo, que han necesitado una baja, la primera de su vida laboral, para comprobar que los objetos inanimados tienen vida y braman, y que un día podrían devorarnos como un Diógenes vengativo y cargado de razones.

Se acabaron las horas pensando en un ojo, como un hijo único mimado y consentido. Se acabaron las zapatillas de deporte 24 horas. La compra en el mercado con carrito. Las siestas a deshoras con colirios variados. Los dolores. Si pienso en otras cosas no me duele, tan solo me molesta.

Se acabó el espíritu de enferma. A la ducha, que el reloj por fin apremia.