¿Y a mí quién me calienta los pies?, le digo a Minichuki después de que me pida que le ayude con las divisiones, le baje la cama, le cuele dentro sus veinte peluches y entienda que -literal- “se me ha apagado el cerebro, mami” cuando se le resiste la tabla del nueve.

No sabe cómo la entiendo. De siempre he odiado la tabla del nueve. Sobre todo al llegar al 9×7. Tengo que retroceder, coger carrerilla y con suerte remato la cima del noventa. Las cosas que tememos hay que abordarlas a la carrera, le explico a la enana como si yo fuera valiente, cuando debería decirle que envidio sus peluches, la barandilla de su cama y esa línea de almohadas que dispone cuidadosamente para asegurarse de que ningún fantasma pueda colarse en sus pesadillas.

A los cuarenta (y más) queda feo acostarse con muñecos, pero los pies fríos no te dejan soñar. Y ya puedes ponerte calcetines, mantas y toda la munición pesada de lana made in Perú que no hay manera. Entonces uno enciende la radio para buscar rescoldo en las palabras y puede pasar que estén hablando de toros. Un tema como otro cualquiera, sí, donde me temo que la poesía esté en el ruedo, no en unos comentaristas empeñados en desbrozar las cinco posibilidades de cartel ideal para no sé qué feria (no la retengo, pero sí me consta que en todas las quinielas figuraban Morante y Manzanares,y en muchos el Juli. La trilogía del arte, venían a decir). 

Los pies fríos, digo, no te dejan hacer revoleras. No permiten pensar y mucho menos calcular permutaciones taurinas de tres elementos. Debe ser alguna ley de la anatomía que explica que sin riego sanguíneo no hay riego cerebral. ¿Si se te congelan los pies se te congelan las ideas, de convierten en guisantes Findus que rebotan contra las paredes huecas del cerebro? fue una de las reflexiones desbaratadas que me hice, justo antes de darme cuenta de que debía haber dejado a Minichuki colarse en mi cama.

Cierto que, cuando sucede, me paso la noche recibiendo coces de potrillo desbocado. Pero a cambio me llega el calor de su aliento de galleta y a veces me atrevo a acercar mis pies a los suyos y noto la tibieza dulce que precede al sueño. A los insomnes militantes no deberían dejarnos solos porque es fácil hacer de las sábanas un inglú de algodón egipcio. Contradicción geográfica donde las haya.

Lo mejor de acostarse con los pies fríos es que te despiertas con los pies calientes. No falla. Y esa certeza viene a ser parecida a la de la tabla del nueve: si superas el nueve por siete ya estás arriba. Y hace sol, y es hora de correr a retirar los peluches de la cama de Minichuki y salir a desafiar las aceras.
 Y esperar que esta no vuelva a ser una noche Fargo. Con ventisca, asesinatos y desolación. Adorada Frances Mc Dormand, yo te invoco.