Ayer una clown llamada Pepa Plana, Premio Nacional de Cultura, nos escenificó en el Circo Price una historia de siempre. La de la fantasía como antídoto contra la infelicidad. Una mujer que una mañana se encuentra una nota manuscrita: “Pepa, me voy. No sé si volveré. Fdo: Ramón”. Y en lugar de naufragar en lágrimas decide reinterpretar la nota: “Amada Penélope. Me voy a la guerra. No sé si moriré. Fdo: Tu amado Ulises”.
A partir de ahí Pepa tiene un afán mejor que tejer un absurdo tapiz interminable. Debe construir el barco de Ulises, enfrentar las tempestades e ingeniar una estrategia de ataque. Debe inventarse un destino.
El circo estaba medio vacío, parecía un ensayo entre amigos y el desgarro solitario de Pepa era la risa, a veces carcajadas, de un público ansioso de intervenir en la cruzada inútil de Penélope. Y su relato era tejido entre idas y venidas, las medias de rejilla como una burla al sex appeal inexistente, el pelo de estropajo y una voz con mil registros que lo mismo era un rudo marinero rumbo a Troya que un Ulises apuesto y valiente, el Ramón que nunca fue.
No sé por qué pensé en A. y en el relato que me regaló la otra noche. Una de esas pesadillas que suceden de puertas adentro en una familia acomodada y conservadora sin que afuera nadie sospeche ni imagine. Una madre destructora. Un hijo mayor que debe salvar a sus hermanos y contarles una historia como una nana para adormecerlos y que no les duela tanto. Y ese hijo, con los años, vuelca el dolor en un libro que empieza así: “Dejé de creer en la sangre el día que mi madre empezó a jugar. Nos llevó a la ruina”.
Escribimos para que nos duela un poco menos o para sepultar el grito con la música salvífica de las palabras. Para convertir a Ramón en Ulises y poder dormir por las noches. A. lo ha conseguido, parece, después de construir muchos barcos de cuerda y llenarlos de pinzas de colores. La imaginación es un poderoso escudo que te permite seguir adelante cuando silban las balas a tu alrededor. Una madre, sobre todo una madre, posee el poder del veneno más letal, la llave para abrirte el cielo o el portón del último anillo infernal de Dante. Y el hijo debe aprender a convertir las heridas en cicatrices o se arriesga a ir por la vida aullando a mujeres que le causen dolor -la afrenta de esas madres se parece al amor, es el amor que han conocido- o a rechazar cualquier propuesta de amor verdadero por si encierra un ejército hambriento de sangre, como el caballo de Troya.
Pepa lo consiguió con su fantasía naif en apariencia. Un metro de costura. Una máquina de coser que en realidad era un barco. Todo el desaliento del abandono hecho determinación. Dueña de su destino, hace lo que tiene que hacer cuando Ramón regresa a casa, ajeno a la transformación de esa mujer. Y ese momento en que ella, Penélope triunfante, corta el hilo, es el mismo de A. cuando consigue construir una historia de su historia, explicarse a sí mismo y seguir adelante en medio de tantas tempestades que hubiera jurado que olía a mar y a erizo exhausto sobre la arena cuando se sentó a mi lado el otro día.
Vivir es contarlo, aunque haya que echar sal en las heridas y convencerse de que una cuerda es todo lo que uno necesita, como Pepa, porque con ella puedes tejer cualquier figura imaginada o ahorcarte.
Y si eliges no ahorcarte, y te inventas una historia, has ganado la partida. Has inventado tu destino.
P.D. Dedicado a A., amante del adagio, por valiente.