Mi querida Big-Bang:
Ahora que ya no puedo amenazar a las Chukis con que si se portan mal vendrá Bin Laden a darles su merecido, debo buscar otro tótem. Y no es fácil. Aquí pasamos del “que viene el lobo” de la infancia al “como se lo diga a tu padre, te vas a enterar”. Pero muertos el lobo, el padre, Ceaucescu, Saddam Husein y Osama, se nos acaban los recursos del miedo.
En el colegio era la madre Dolores. Una monja tiesa, fea y con gafas de mil dioptrías absolutamente despiadada. Para exhorcizar el pánico las niñas la llamábamos “la Lola”, pero eso no le quitaba hierro a su presencia, al final de la escalera, preparada para darte un pellizco o llevarte al rincón de pensar justo antes de llamar a tus padres para chivarse de que habías corrido por la zona de secretaría o que llevabas unos zapatos que no eran los reglamentarios del uniforme. Nuestros grandes pecados.
La Lola nos enseñó a desmitificar la presunta bondad de serie de las monjas. Y para cuando llegamos a las fauces de “la Eulalia” -otra malvada especialista en la humillación- ya habíamos destilado pánico por las tocas para tres generaciones.
Los malos, ya sabes, son muy necesarios para que la sociedad funcione con sus motores antitéticos bien engrasados. Obama acaba de santificarse ante el mundo gracias a un asesinato. Y eso no desgasta su vitola de santo. Si se da prisa lo mismo pueden beatificarlo con Juan Pablo II y la humanidad se ahorra unos millones de dólares en pompas fúnebres. Aún recuerdo con asombrosa claridad la foto de los Ceaucescu muertos. También la de Franco, pero esa es otra historia. Cuando los buenos ajustician con métodos de malos vuelvo a la madre Dolores y a ser una niña perpleja que se pregunta por qué a fin de cuentas unos y otros practican el mismo deporte, la crueldad.
No es que quiera tener vivo a un pirado que mata presuntamente por sus ideas (aquí hablo de Osama, no de Obama, aunque…), y entiendo que lo mismo ha sido imposible detenerlo para que se pudriera en una de esas cárceles tan chulas de altísima seguridad y tortura pret a porter que tienen nuestros amigos del mundo libre. Es que me aterra la idea de que mis chukis se desayunen mañana con la foto de un muerto con el rictus torcido, la barba rala y el cuello roto, y tengan pesadillas, y me pregunten quién ha sido. Y me tenga que meter en un jardín de esos de padre moderno que no tiene ni puñetera idea ni solidez de argumentos para defender según qué actos de la humanidad.
Lo dejo ya, que hoy tengo un abjetivo. Debo buscar al lobo feroz de Caperucita, al ogro de Pulgarcito, a Carracuca, a Billy el Niño, a Bonnie&Clyde, al Chacal (este está vivito y coleando en una prisión francesa), a la dulce Néus y a alguna de esas monjas que poblaron las pesadillas de la infancia. Necesito malos, malísimos, para que mi mundo vuelva a equilibrarse y los buenos oficiales ocupen su atrio. Aunque no sean tan buenos…