Echo de menos mi Nokia. No sabía cuánto hasta que me dieron el viernes pasado uno de sustitución al smartphone que me compré poniéndole los cuernos a mi viejo amigo finlandés y para satisfacer a todos los modernos que me rodean, que son muchos y bramaban por el downgrade social de llevarme a su lado con semejante carroza tecnológica.
Mi Nokia y yo fuimos una pareja perfecta. No me fallas, no te fallo. Yo lo enchufaba con amor cada dos o tres noches, mientras que “al otro” (y así lo seguiré llamando con tono de amante despechada) he tenido que alimentarlo dos o tres veces al día porque si no me dejaba tirada en medio de conversaciones o mails que presuntamente cambiarían mi vida.
Digamos que Nokia es ese amor consolidado y Smart el revolcón de una noche. Sí, me fascinaste con tus ventanitas de colores y con esa llamada a cariciar tu pantalla con los dedos, pero no nos entendemos. Serás todo lo listo que quieras, pero tan sensible que me has metido en demasiados líos. Como amante eres indiscreto, obsceno y díscolo. Un buen día decidiste no permitirme hacer más fotos, ni despertarme a la hora precisa. Y encima pesas como un demonio. Si mi Nokia es connecting people, tú eres disrupting minds. Que lo sepas.
Lo que espero de un móvil es que no se apague en medio de una tormenta. Que vele las cuatro esquinas de mi cama como un escudero, que me susurre al oído. Al menos escucharlo cuando grita desde el fondo del bolso. Sí, cierto que el otro se desgañitaba a ratos, pero pese a su tamaño me costaba trabajo encontrarlo, y cuando lo hacía le daba sin querer en alguna esquina que me llevaba vía Internet a los hielos de Alaska o a la revolución egipcia. Muy interesante, salvo que en ese instante te esté llamando el fontanero para decirte a qué hora exacta pasará a arreglarte la cañería y poner fin a una inundación.
Todo esto, lo sé, me retrata como una tecnocarca inmovilista y arderé en el infierno de los contemporáneos. Pero nada me importa mientras mi Nokia y yo seamos uno, en el breve espacio que transcurra hasta la vuelta del otro.
A veces un amante es una carga pesada y lo que una quiere es la cálida rutina del amor seguro.
Y, como diría aquel, “no preciso viajar lejos para hallar lo que deseo…Si tropiezo en tu regazo ya me basta…para tocar el cielo”