(A veces falta intención y sobre remordimiento).

Alexei Volodin irrumpió en el escenario, luto de camisa y pantalón, y atacó Bach como si no hubiera un mañana. Creo que el virtuoso se define por el trance apasionado que acompaña, obstinado, a unos dedos que son diez pero se multiplican al dictado frenético de esas Variaciones Golberg del demonio que ayer invadieron el Auditorio Nacional y nos estremecieron. La técnica, cuando es excelsa, no se nota. Como esas puntadas microscópicas de la alta costura. Era bello contemplar el rostro de Volodin, las variaciones gestuales, arriba y abajo. Nada solemne, pero transportado. Un viernes que termina así es mucho más viernes.

Todos tenemos nuestros fetiches. El mío de ignorante musical con las Variaciones me viene de una tarde de fiebre y tedio hace ya muchos años. Los de Coetzee, sin duda más interesantes,  vamos a conocerlos gracias a la publicación de su Biblioteca Personal. Esas obras que lo han marcado como lector y, sobre todo, como escritor. Leo un comentario y me descubro admirándole también por ese humor: “Madame Bovary es la historia de una francesita sin importancia
—esposa de un inepto médico rural—, quien tras un par de relaciones
extramatrimoniales, ninguna de las cuales funciona bien, y después de
hundirse en deudas para pagar artículos de lujo, desesperada toma veneno
para ratas y se suicida”
. El premio Nobel de Literatura tiene la grandeza de los que no precisan de ampulosidad para fingir ser más grandes. No conozco un solo pedante que no se desinfle por el camino. 

Alicia Luna

Alicia Luna pertenece a ese estilo de creadores que no sólo no presumen sino que acostumbran a lapidarse ello solitos. Es mi amiga, así que lo reconozco para evitar suspicacias, antes de glosar su talento extraordinario que fue premiado con un Goya al mejor guión por “Te doy mis Ojos”, de Icíar Bollain, y que no ha hecho más que crecer y multiplicarse en la experimentación de géneros. Lo último lo vi el jueves en La Corsetería, ese templo de barrio donde florece el Nuevo Teatro Fronterizo de José Sanchís Sinisterra y donde ella da clases y se deshace y se reinventa. “Encerradas”, se titula. Una obra de teatro escrita por ella que habla de esas capas subrepticias de la amistad, de los desmanes del tiempo, de eso que no expresamos y nos duele, de los rencores maquillados, del amor incondicional que sobrevive con humor a las pequeñas vilezas. Y busca productor.

Dos amigas cercanas a los cincuenta se han perdido y estalla la tormenta. Una ermita abandonada las cobijará. Porcelana de la Cartuja, el aliento pestilente de ron del ex marido, el volumen inquietante del amante. Secretos que ninguna se había atrevido a confesar. Hasta ahora.

AMPARO: Lo sabía, vas a pasarte el santo fin de semana quejándote de lo mal que organizo todo.
BERTA: No me leas la mente sin mi permiso.

Una semana que acaba así merece salvar el calendario. Aunque en realidad acabe en un parking, el coche sin batería, las luces frías y el hormigón gris. La emoción sobrevenida. La grúa que se demora. Ningún remordimiento.