![]() |
Resumen de un sábado atropellado |
No soporto pisar migas descalza, beber el café frío y que me cambien los libros de sitio en la estantería Taj Majal de casa.
Sí, entiendo que quien hace la limpieza desconoce que no se puede poner a Ian MacEwan y a Albert Cohen juntos impunemente. Ni forzar a Julian Barnes a soportar sin quejas a Murakami, el chiflado de los gatos. Pero juro que cuando sucede escucho alaridos, y mi frágil equilibrio mental se desmorona ante el reto de volver a encontrar mi adorado Drácula de Bran Stoker (¿Qué libro se llevaría a una isla desierta? sueño que me pregunten en una encuesta callejera de esas en las que nadie me para, sin duda porque tengo pinta de no concretar y las mechas rubias ya se sabe que concitan prejuicios de literatura básica).
Todos tenemos un absurdo talón de Aquiles. Algo insignificante que nos destruye el armazón de aparente normalidad con el que salimos a la calle un domingo cualquiera. O un sábado.
No apta para menores (ni para mayores no descerebrados) |
Ayer, Minichuki me sobornó para ir al cine a ver una de niños. Yo detesto a priori las películas infantiles, jamás pago por ellas (y luego, cuando me las ponen en el tren, reconozco que hay tesoros). Pero ayer la enana me pilló con la guardia baja y dije sí a su propuesta: Una peli llamada Ted que, como vi a toda prisa en la sinopsis, va de un niño que se hace amigo de un oso de peluche y que desea tanto que adquiera vida que lo consigue. “Una variedad de Pinocho“, pensé sorprendida de la elección de la pequeña, pero accedí a pesar de que detesto los peluches igual que las migas en las plantas de mis pies.
Fuimos al cine, pagué las entradas con su IVA hiperbólico y al entrar en la sala pensé que me había equivocado: Ni un solo niño, pero sí numerosas parejas y pandillas adolescentes. “Perdona, ¿aquí ponen Ted, la del osito? pregunté. Y así era. Minichuki y yo nos sentamos con nuestras palomitas y comenzó una historia tontuela de niño inadaptado, muñeco viviente y…salto al futuro. El niño ya es un hombre y su mejor amigo sigue siendo el oso, con el que comparte sofá, drogas y camello!!! Y tienen conversaciones tan poco naif como una sobre la manera de correrse -sí, tal cual- de las mujeres según su procedencia geográfica.
Los adolescentes se partían el culo (lo digo por respetar el registro de los que nos rodeaban) y mi hija también, aunque tímidamente. Cada tres frases había cinco palabrotas, y yo respingaba levemente, a lo que la enana. que es muy psicóloga y veía su futuro en la sala amenazado, me susurraba:
-Mami, no te preocupes que yo me sé todos estos tacos, pero no se me van a escapar…
Hopper |
Quince minutos después yo había dejado de comer palomitas, y miraba la pantalla con hipervigilancia de censor franquista. Hasta que ya no pude más. Esa película no era para niños. En realidad no era para nadie con un cociente intelectual mayor de 60. Había pagado 18 euros por tragar bazofia, y encima me había llevado a una niña de 10 años como cómplice. Sí, ahora es cuando pensáis que la modernilla encierra una puritana. Mi amigo J. lo resumió en pocas palabras: “Tu hija tiene una madre centroeuropea”.
“Nos vamos”, anuncié, y antes de que pudiera protestar, la enganché por el codo y casi nos matamos en la oscuridad tratando de encontrar la salida mientras que el respetable se descojonaba, con perdón, con una excatología general básica. Fuera, Minichuki torció el gesto y me hizo el vacío, furiosa, aprentando el paso mientras yo le explicaba las razones de mi decisión y le proponía un suculento plan B: Iremos a despedirnos de Hopper al Thyssen.
-¿Y ése quién es? Yo quiero ir a casa, que estoy agotada.
-¿De qué, de escuchar ordinarieces zampándote una bañera de palomitas?
![]() |
Niña enfadada por madre centroeuropea |
Caminamos a buen paso, con cara de pocos amigos. Llegamos al Thyssen y no estaba de dios. Todo Madrid se despedía de Hopper y no cabía un alfiler. Minichuki me miraba con cara de ¿lo ves? y en ese momento le propuse hacer las paces e irnos a casa a dibujar. Un planazo al que sucumbió a cambio de hacer antes una limonada y poner las canciones raperas que le gustan de banda sonora.
Y así acabó un sábado lleno de migas y libros desordenados. Y luego me di cuenta de que Pinocho toda la vida tuvo su versión porno. Y también de que una buena madre debe leer las sinopsis y algunas críticas de película hasta el final.
Y ya en la mesa, con todo el despliegue de pinturas, tijera y pegamento pensé que lo importante es cómo termina el día, no cómo empieza. Un topicazo que seguro ha provocado el alarido de mis autores favoritos, descolocados y huérfanos en su estantería…