-Ponte Radio María. No falla.
Cuando uno tiene insomnio le llueven los remedios caseros a su alrededor. Los otros no entienden que la vida es demasiado excitante como para desenchufarse toda una noche. Ahí fuera pasan cosas, los duendes del zapatero del cuento, y todas son aprovechables como los restos del cocido.
-Mamá, que has cenado hace media hora. Duérmete ya.
-Mari Carmen, quiero cenar. ¿Cuándo vas a poner la mesa?
Mi vecina la de las fajas marrón clarito tiene a una hija poseída por Satán, la conocéis ya, y una madre con Alzheimer. Cada noche una, la otra o las dos se manifiestan al otro lado de mi tabique, y yo temo que esa pobre mujer a quien su marido abandonó hace unos años abra la ventana y se tire por el patio. La satánica y yo a veces coincidimos en el autobús, y noto que me mira con recelo. Sí, sé quién eres y las burradas que le gritas a tu madre. A veces me pongo tapones porque lo que escucho me hiere demasiado. Y hay noches en que siento tentaciones de llamar a la Policía porque tu madre no se atreve. Y en su lugar aprieta la mandíbula y tiende esa horrible lencería que es un castigo a su cuerpo, a sus hechuras rotas, a su aliento exhausto.
Nadie conoce a nadie. Lo que pasa dentro de un hogar pasa en Alcatraz. Es terreno sagrado y nadie lo pisa. Luego esa mujer triste sale a la calle con el carro de la compra y saluda gentil a los vecinos, bien vestidos, y finge que está satisfecha de la vida y se deja piropear por el pescadero. Nadie sabe que anda torturada entre dos paredes -una hija y una madre-, y que se ha puesto esas fajas rígidas, marrones, de otro tiempo, para ajustar su desgracia a sus contornos.
Otra mujer que conozco tiene un hijo desalmado al que pidió una ayuda mensual de cincuenta euros para poder comer. El hijo viaja en primera y a Singapur. La madre, una señora educadísima, buena, repulida y coqueta, terminó en la cola de un comedor social. El hijo le había negado los cincuenta euros. Cuando, desesperada, ella vendió su casa del barrio de Salamanca y se fue a otra ciudad de alquiler, el hijo le pidió una parte del botín. Los ves en foto y son perfectos. Guapos, bien vestidos. Sonrientes.
La crueldad, la desgracia, viven en la casa de al lado, y tú lo sabes y suspiras por que no te contamine. Que se limite a llamar a tu puerta y pedir un salero. Las familias tapan sus heridas para que no se note, pero una peste acre se extiende en el descansillo. Y para soportarlo echan perfume y se inventan un relato de felicidad que repiten para que a fuerza de insistir se haga real. Puro Goebbels.
Anoche, encogida en la cama por las voces, sentí la necesidad urgente de una historia bonita susurrada al oído. Recordé lo que Minichuki me había contado por la tarde. Ella y un grupo de compañeros habían ido esa mañana a un centro de Alzheimer a acompañar a los residentes y cantarles villancicos. Les dieron panderetas, pero había un anciano sin pulgar que no podía tocar. Mi hija le cogió la mano con su manita y le prestó el pulgar para agarrar la pandereta. Tocaron juntos. El olvido y la inocencia. Luego Minichuki le repitió lo bien que lo había hecho y se despidió sabiendo que el señor ya no recuerda, que olvidó al instante.
Pero a mí no se me va a olvidar jamás. Y con ese relato de bondad me dormí, mientras al otro lado del tabique estallaban rayos y centellas y una mujer volvía a hacer la cena.
(Una faja es un grito en el tendedero. Una llamada desesperada. Un sobresalto perpetuo. Un golpe seco. Una bandera blanca que pide tregua y nadie ve).