Suelo leer los sábados con avidez a Muñoz Molina en Babelia. Su aproximación a la cultura me parece un fogonazo que rara vez se queda en eso. Es, a mi juicio, un hombre profundamente culto que sólo llama a las puertas de la erudición para completar la estructura de su pensamiento, no como espina dorsal de un discurso que pretendiera apabullarnos con datos, fechas y nombres.
Muñoz Molina novelista me gusta, pero no siempre consigue arrebatarme y tengo aún obras suyas por leer en mi estantería Taj Mahal (llamada así por lo que tardó en hacerse, pese a su simplicidad, no por el diseño ni porque un ex novio la ordenara construir en mi honor, dado que sigo viva). Pero el ensayista que también es consigue que me apunte frases, reflexiones y también citas que sospecho me pueden ayudar a levantar el andamiaje íntimo de lo que es uno y sus convicciones.
Cuando escribe sobre arte, por ejemplo, proyecta una visión personal enriquecida por sus viajes, lecturas, anécdotas del artista, interpretaciones de su tiempo y no renuncia a trasladarnos la huella que ha dejado en él, en un ejercicio de intimidad salvaje pero nunca exhibicionista que te ayuda a saborear mejor esa exposición cuando tú después vas al Thyssen, al Reina Sofía, a la Fundación Mapfre, a la Juan March o al Prado. Mis mecas del arte en Madrid.
Y si ya fuiste y lees después su artículo atas cabos, compruebas con palabras lo que te dejó pegada a un cuadro o por qué había un hilo conductor que a ratos se rompía y recuperabas en otra sala. También por qué dos pintores de siglos diferentes se encuentran en un gesto, en una pincelada que es un símbolo de esa conjunción que tú nunca has sabido relacionar pero él sí.
Y ayer Muñoz Molina no iba de arte sino de intelectuales. De Tony Judt, al que empecé a leer por casualidad un día, como a tantos. Y de una obra escrita hace años que acaba de ver la luz. Se llama “El peso de la responsabilidad” (Taurus) y se refiere a justamente a la responsabilidad pública, ese bien escaso, analizada desde algunos intelectuales franceses como Leon Blum, Raymon Aron o Camus.
“Lo que une a esos tres hombres tan distintos entre sí, dice Judt, es
también lo que los hace ajenos a la mayor parte de los literatos,
intelectuales y políticos del país y de las épocas en las que vivieron:
un sentido exigente de la responsabilidad personal, entendida en una
doble acepción; la responsabilidad, en primer lugar, de mirar el mundo
con los ojos abiertos y con la necesaria atención, y no atolondradamente
o confusamente, a través de categorías ideológicas, o de las modas o
los lugares comunes; y la responsabilidad, además, de actuar y escribir
en virtud de las propias conclusiones obtenidas mediante la observación,
la reflexión y la crítica, aunque eso supusiera ponerse en contra de la
facción o del grupo al que uno pertenecía, enfrentarse a los mismos que
hasta entonces lo habían acompañado y ahora lo llamarían apóstata,
renegado, incluso traidor”.
Vuelo al Taj Mahal y recupero un libro de Tony Judt del que ya hablé aquí, “Pensar el siglo XXI” . Compruebo que el escritor, y más aún el ensayista, habla de lo mismo a lo largo de su vida, de su obra, aunque las etiquetas sean distintas. A Judt le inquietan y excitan los intelectuales “La mayoría de los cuales –escribe– se imaginan defendiendo y promoviendo grandes abstracciones. Pero creo que la forma de defender y promover grandes abstracciones en las generaciones venideras consistirá en defender u proteger instituciones, leyes, normas y prácticas que encarnan nuestra mejor manera de plasmar esas grandes abstracciones. Y los intelectuales que se preocupen de esto serán los que revistan mayor importancia”.
Lo que me lleva a sentir la necesidad de hacer una lista de los intelectuales de hoy. Quiero referencias, mentes claras que me ayuden a entender. Me salen pocos nombres, seguro que debido a mi ignorancia. Si los intelectuales callan entrarán a saco los dogmáticos, los demagogos y los politicastros y nos parecerá que sus palaras son la ley. Y será una catástrofe.
Empiezo la semana sintiendo que debo hacer algo con lo que leo y lo que leen mis hijas. Debo medir aún más lo que entra en mi casa, en mi Taj Mahal y en mi cerebro. Eliminar los ruidos, la basura. Quemar el Burguer King que es el televisor cuando escupe esos programas para descerebrados que enganchan a mis chukis como un Whopper completo. Renunciar al parloteo para rellenar los huecos algunas noches de sofá.
“El peso de la responsabilidad empieza en el momento de medir las palabras”, termina diciendo Muñoz Molina. Y yo me callo.