No me gustan los secretos ni los diminutivos.
Secretitos.
Miento. Me cuesta desvelar secretos ajenos -salvo que me los cuenten en diminutivo- y me cuesta mantener los propios.
Con el paso de los tiempos he desarrollado una gran animadversión hacia las personas diminutivas, epítetas y gerúndicas. “Te voy mandando un correíto”. Yo me conformo con un correo y en presente.
La realidad no suele ser pequeña. No imagino a Luis de Guindos diciendo que nos va a meter unos recortitos en lugar de un tajo de “tócate el alma María Manuela” (que diría mi abuela). Los recortes son recortazos y así deben recibirse, de rodillas ante la señora Europa, que nos ha tendido unas “tijeritas” para proceder a meternos en cintura.
Los cursis emplean mucho diminutivo, como si tuvieran miedo a la sonoridad del nombre. A que se les llenara la boca de contundencia en lugar de merengue. El lenguaje nunca es inocente. Cada palabra está diseñada para provocar un temblor de cimientos en la frase, pero si es un temblorcito, esa mariconada, lo mismo el interlocutor no se entera y sobreviene un terrorífico y cruel malentendido.
Bien pensado, es posible que los adoradores del ito (suelen ser más mujeres, y no pienso desarrollar mi personal teoría del por qué) traten de minimizar los daños de la vida. Tener un tumorcito imagino que es menos doloso al estado de ánimo que un cáncer del carajo la vela. Yo misma, cuando exagero y me pongo hiperbólica, hiperbestia, hiperestésica, me quedo con una sensación ácida en el estómago y corro al cajón del Álmax a aliviar los jugos.
Pero tras los recortes de De Guindos a la Sanidad, es posible que el cajoncito de mis drogas cotidianas se vea mermado y tenga que moderar el lenguaje y llamar a mi urticaria “unos picorcitos” y a mi insomnio “falta de sueñito”.
Me doy cuenta del flaco favor que le hacen las madres (y algunos padres, menos) a la humanidad cuando desde la cuna empiezan a interpelar a sus bebés con palabritas. El cariño parece ser algo pequeñito. Concentrado, dulce y discreto como un marrón glacé. Yo misma soy culpable. Cuando nació Minichuki empecé a llamar a su hermana en diminutivo, tal vez para incorporarla al mundo de sobreprotección y talco oloroso del bebé que dormía a nuestro lado. Sigo haciéndolo cuando quiero darle un plus de cariño, pero jamás si la regaño.
Y ahí está la perversión de la cosa. Las malas noticias, la violencia y el dolor suelen ser aumentativas. Lo que nos van a meter es un recortazo de puta madre, con perdón. Y vamos a tener que decir amén, porque si no los interventores de la Europa fuerte nos van a dar unos palos de no te menees (abuela dixit) y tendremos que asumir la hecatombe moral y económica.
No corren buenos tiempos para los cursis. Dedíquense a hacer sus monerías linguïsticas en el país de Candy Candy, que pintan bastos y urge llamar a cada cosa por su nombre.
Avisados quedáis. Desde hoy no abro un solo “correíto”.