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Veredicto final |
Lo mejor de la noche de los Oscar es irse a la cama bien temprano y madrugar para descubrir el veredicto. Que no haya ganado Boyhood me decepciona, porque la de Iñárritu no la he visto y eso me anula como tertuliana cuando hoy los pasillos se llenen de conversaciones sobre las estatuillas.
Sí podré decir que Julianne Moore es una diosa, que las rubias avasallaron con su contundencia por mayoría (Rosemund Pike, Patricia Arquette, Gwyneth Paltrow, Cate Blanchett, Naomi Watts…) y que pensaba que los calzoncillos del presentador –Neil Patrick Harris– ya no los fabricaban (está de moda quedarse en ropa interior si eres presentador. Dani Rovira, lo tuyo es prescripción). También que un Chanel, un Elie Saab, un Valentino, un Marchessa o un Diorazo te arreglan un mal día. Ninguna mujer enfundada entre sus telas, el cuerpo rediseñado en una arquitectura sabia de curvas sutiles, pliegues etéreos y contenidas cascadas evasé puede sentirse Cenicienta.
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Patricia Arquette, un 7 |
Toda mujer recuerda el vestido de su vida, para bien o para mal. Un vestido es una negociación con una misma. A veces ganas, a veces te gana. Lo suyo es que te olvides de que lo llevas (de ahí que los trajes de novia casi nunca aprueben este examen. Una novia es una mujer sujetando una cola, recomponiendo un velo, enderezando un escote). Si te aprieta, si te sobra, si te muestra de más o de menos, no es el adecuado. Si lo sientes disfraz de carnaval, tampoco. Si te sienta razonablemente bien pero al mirarte al espejo hay una extraña que te desconcierta, no era el traje. Si te sobresalta porque la de ahí eres tu mejor tú, tu yo de domingo y paseo, y respiras y no saltan las costuras pero hay un talle fino que es el de tus sueños. Si podrías bailar con él toda la noche y desnudarte sientiendo que el vestido sigue ahí, que no se ha ido, entonces sí, ese es el tuyo.
Uno de los escasos motivos por los que volvería a casarme (además de un amor fou como dios manda) es por arreglar el desaguisado de aquel vestido de novia plagado de florecitas en relieve y con un horrible fajín drapeado que daba paso a la gran campana volandera de tul. Era un pastel de merengue coronado de nata artificial y lo sabía, pero me faltó carácter para corregir el tiro en la última prueba. El traje, ya lo conté, terminó destrozado por mis tijeras y le cosí bichos negros para un disfraz donde garabateé “Like a Virgin”. Fue un exorcismo en toda regla. Yo entonces no era tan rubia ni me fijaba en los volúmenes, en las caídas y en las puntadas de las costuras como en las fachadas de los edificios o en las construcciones de letras. Sólo en que tenía que casarme y necesitaba un vestido.
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Nicole, un 3 |
Suele ocurrir que una empieza a conocerse y a saber lo que va cuando ya no puede ponerse cualquier cosa. Es el precio de la sabiduría y conviene aceptarlo y disfrutar. Mi último vestido ganador era negro pero con una generosa abertura de tul evanescente que mostraba escote hasta la cintura. Era un Jason Wu maravilloso y su otra concesión a la fantasía (la del escote es la obvia) era un delicado cinturón de finas perlas. Pero cada temporada cuando llega el Vogue y su especial tendencias sueño con un vestido rojo como mi curiosidad en llamas. Y entiendo que cuando lo reconozca sabré que es él. Y espero no tener 70 años porque pienso ponérmelo igualmente y salir a la calle y defenderlo con cañones si hace falta.
Porque hay una edad, quiero pensar, en que una mujer está tan construida que es una fortaleza y el vestido no la anula, no la limita y no puede superar al mapa excitante de sus arrugas, a una historia in crescendo que reclama un color y una textura. Y la vida es el final de una pasarela de rubias, de morenas, donde el binomio prueba y error ha sido abolido y en tu armario hay una sola prenda, repetida. Y es tu piel. Y eres tú. Y es una maravilla, ya supongo, que no iguala el diseñador más audaz y más dotado.