Nadie puede ponerse en el lugar de nadie, pero la integridad de la armadura social enclenque en la que bostezamos cada madrugada depende de eso. Ni todos somos Charlie ni nos gustaría serlo, pero aplaudimos la proclama, sencilla y fácil de repetir, porque sentimos que así debe ser, que la solidaridad nos humaniza y nos separa de las bestias. Que lo más cerca que podemos estar de una realidad que nos supera son un puñado de palabras que la nombran. Mal escritas, desafortunadas y desnudas.
El dolor no es transferible, ni inteligible. Lo supe anoche cuando leí un wasap demoledor de alguien que atraviesa el túnel del duelo, y de quien no pienso hablar por respeto. Pero su lectura me hizo pensar que todas mis penas, sumanas, no llegaban al tobillo de las suyas. Que toda palabra de consuelo era un atropello necesario, pero atropello. Quién era yo para decirle que entendía la punzada en el costado como si alguna vez me hubiera atravesado con su acero. Entendí que se haya desconectado de todo para acomodarse a las esquinas en brasas de la pena.Y que no había nada que pudiera hacer por ella salvo estar disponible con unas flores por si decide salir de su hermetismo.
Puede que lo que aúne la pérdida, cualquier pérdida, es esa sensación de abatimiento espeso, de nadar en un tanque de petróleo. Y saber que el breve instante en el que conseguirás sacar la cabeza a la superficie no te salvará de la asfixia. El dolor es submarinismo a pulmón. Cada uno se mide según una capacidad inesperada para la que no hay entrenamiento. El dolor te pilla durmiendo, te pilla desayunando o haciendo la lista de la compra y te incapacita para sentir otra cosa que no sea su andanada.
Pero nos han enseñado palabras para soportar mirar a la cara a quien está de luto y darle a entender que le acompañamos en el sentimiento. Menuda insensatez. Habrá quien contenga las ganas de dar una bofetada. Lo comprendo. Ni yo soy Charlie ni me puedo poner en tu lugar. Sólo espantarme y entender el sinsentido del temor. La huella negra de la violencia. Y respirar con cierto alivio mezquino porque esta vez no me tocaba a mí.
Muy pocas veces he sentido la caricia del consuelo en un funeral. Pero he aprendido el valor del ritual para empezar a remontar. La despedida es necesaria para no vivir rodeado de fantasmas. Para aclimatarnos a la asfixiante certeza de que no va a volver. Y, con el tiempo, aprender a desposeer a nuestros muertos, reales o ficticios, de atributos que en realidad nunca tuvieron pero construimos en un intento desesperado de elevarlos a un altarcillo y entretener las horas y los días mirando una escultura bella, perfecta.
A veces hago un recuento de pérdidas para sentirme bien. Pasados los cuarenta el parte de guerra tiene algunos nombres. Historias que empezaron y terminaron. Despedidas necesarias o sobrevenidas. Y la experiencia nos dice que todo pasa, que todo se supera. Pero uno tiene derecho a entregarse a la desesperanza y desangrarse de dolor sin que nadie le dé palmaditas en la espalda y frases de cabecera bienintencionadas pero a menudo inoportunas.
Anoche leyendo a mi amiga decidí que el día que la vida me dé un zarpazo mortal quiero perderme en la selva, como pantera herida, y derramarme sola. Mientras tanto voy poniendo marcas al camino de los pasos perdidos. Un mes, dos meses, cinco… Y a salir del taque, y a coger oxígeno. Y a vivir, que es saludar la muerte con gesto de triunfo. Y a respetar el luto ajeno. Sin frases hechas ni solidaridades facilonas. A distancia, pero cerca.