Tengo la sólida convicción de que cuando muevo mi cama de sitio en la habitación cambia mi vida. Una noche de insomnio sur/sureste frente a los seis cuerpos de mi armario desvencijado, con alguna puerta que amenaza con abrirse y vomitar su contenido, no tiene nada que ver con otra norte/este encarada hacia la ventana sin visillos ni cortinas. No tengo mesilla convencional, en cualquier caso. Sí una cajonera estilo industrial donde guardo decenas tapones para los oídos, un vale por una pedicura en Venecia, pastillas para aplacar a la fiera y un antifaz que no uso pero es mi rendido homenaje a Desayuno con Diamantes y a Holly. De raso, naturalmente.

Mi primera noche en posición Beta, o sea, cabecero contra la pared del baño, destrozó todas las reglas sagradas del Feng Sui. Para contrarrestar los efectos apocalípticos debía poner, dice el manual, un espejo de ocho lados en el cabecero. De esos de estaño troquelado que encuentras en los bazares marroquíes. Pero la cosa costumbrista/folk/oriental tampoco me excita, si exceptuamos el incienso con que atufo el descansillo viernes y festivos para contrarrestar el olor a cocido con extra de repollo de la vecina. Una es muy AD y, lo que es peor, tiene amigos en esa biblia del Bauhaus que no me perdonarían semejante atentado contra el buen gusto. Así que para evitar el armario glotón he puesto en peligro mi vida, prácticamente, y lo último que veré cuando las malas vibras se ceben conmigo será a la vecina de las fajas beis clarito del patio que todas las noches radia los detalles de su vida sin sexo a todo aquel que la escuche. O sea, a las que dormimos contra feng sui, contra natura y contra la desesperación.

Sostengo que uno habla por el patio para exhibirse cuando no puede hacer lo mismo con sus carnes. Yo misma, si estuviera buena, haría un striptease cada noche a contraluz, con ayuda del espejo octogonal marroquí y tras un visionado de Jamie Lee Curtis en “Mentiras Arriesgadas”.  Y se lo brindaría a mi vecino Anthony Perkins. Un freak clavadito al de la ducha que antes solía bajar en el ascensor con su madre empelucada y que lleva cosa de un año bajando solo. Cuando coincidimos le suelo mirar a los ojos y él tartamudea.  Fijo que se la ha cargado. Es -era-rica, y tenía un bufete de abogados de prestigio. Ignoro qué hace Anthony allí, pero el hombre suele aprovechar las coincidencias de ascensor para relatarme -siempre que no le mire a los ojos- que hace fresco por la mañana y que tiene un caso crucial en el Juzgado. Luego se aleja corriendo, no sea que lo detenga o algo, y las Chukis se parten de risa.

He cambiado mi cama de sitio, decía,  no por Anthony; ni siquiera por la de la faja, sino porque que el cabecero está hundido. Dos, tres milímetros. Suficiente para que las ideas se me coagulen. Cuando lo cuento me miran con cara de “ya está la rarita ésta”, y al final he decidido inventar una historia con lo del Feng Sui para que al menos me ayuden a mover los muebles sin valorar mi equilibrio mental.

En ocasiones veo fajas marrón clarito y escucho relatos espeluznantes por el patio de maridos que huyeron e hijas que maltratan a la novia de papá. Entonces me calzo los tapones, miro de reojo el antifaz y me conecto radio cuelgue mientras espero que Morfeo me acoja o, en su defecto, me brinde un despelote frente al cristal sin cortinas que es ahora el escenario de mis noches a menos dos milímetros del suelo.

Espero que hayáis dormido bien.