Los niños de San Ildefonso me caen fatal.
Ya lo he dicho, y espero que nadie se me eche encima por incorrección política. No me gustan los niños viejunos. La infancia redicha vestida de traje y corbata acrílica. Cuando era pequeña me contaban que eran pobres huerfanitos y que el de la Lotería era su día grande, su lluvia de estrellas. Entonces salía ella, pongamos que Mari Carmen (hoy Vanessa o Jenny), con las trenzas bien tirantes y hecha un pimpollo, y gritaba los números del bombo, uno a uno, como Joselito pero sin antecedentes penales.
El espectáculo de aquellos enanos desgañitándose mientras el bombo daba vueltas y vueltas me aturdía y horripilaba a partes iguales. Tanto brillo -ahora bling-bling– tanto brazo en alto, y esos locutores engolados que olían a naftalina porque sólo parecían trabajar ese día para luego volver a sus cajas de cartón.
La única que disfrutaba era mi abuela. Ella se tragaba el sorteo en directo, delante de la tele, con sus décimos cuidadosamente desplegados sobre la mesa, entre las medicinas para su “diabetis” y el diminuto pastillero de porcelana de colores. Cerca, siempre, su “transitor”. Mi abuela nos pedía a gritos que le lleváramos el transistor, y mis hermanos y yo, que somos malos y tiñosos, la provocábamos para que dijera la palabra mal dicha, y nos partíamos de risa. Y ella también.
Debo aclarar que mi abuela era la mujer más lista que he conocido. Levantó un negocio precario heredado de su marido y se hizo rica. Viajó sola a la Rusia pre Gorbachov cuando en los hoteles de cinco estrellas te ponían moscas con la ensalada y se trajo un abrigazo de visón- “la pellica”– escondido en la maleta de una azafata a la que sobornó. Mi abuela era la yaya y la adorábamos aunque a veces sacaba un carácter del demonio. Podías engañar a tus padres, pero nunca a ella. Con un vistazo te hacía la radiografía más certera. Y siempre se ponía de tu parte.
Cuando la modernidad puso de moda el adjetivo “cutre”, ella pensó que era “futre” y así lo utilizó toda su vida. Cuando mi hermana y yo volvíamos de compras y le enseñábamos nuestros vestidos nuevos, decía que le encantaban “cada una en su estilo”. Cuando algo la sobresaltaba, exclamaba: “tócate el alma, María Manuela”. Y -esto ya lo he contado- cuando nos invitaba a comer en un restaurante “de categoría” y consideraba que el menú no era acorde con el precio, le soltaba al camarero con la cuenta un “a robar, a Sierra Morena”. Naturalmente, su lencería tamaño XXL era Christian Dior. ¿Llevas las Christian,Yaya?, le preguntábamos. Y ella sonreía picarona.
No sé por qué me acuerdo hoy más de mi abuela que de mi adolescente, que tuvo a bien nacer tal día como hoy hace quince años. Mientras los horribles niños gritones trajinaban con la numerología, yo me retorcía de contracciones y mi abuela miraba la tele a ver si la diosa Fortuna le concedía unos milloncejos más. En realidad, su ilusión era la misma que la que la empujaba al bingo, a escondidas: Gritar ¡Línea!, más que cobrarla, y volver a su casa con esos caramelitos microscópicos de colores con los que rellenaba los ceniceros.
Hoy los repelentes Niños de San Ildefonso se preparan para hacer su numerito y yo tengo un plan. Sentarme con mis pocos décimos sobre la mesa y pensar en mi abuela. Creo que no hay un solo día de mi vida en que no lo haga. Por la noche soplaré las velas con mi adolescente quinceañera, que me dio el día y decidió que durara esa eternidad que va desde que sale el Gordo hasta la noche. Y me acostaré sin sobresaltos en mi cuenta corriente, pero con el dulzor de unos recuerdos fijados con aquel vocabulario peculiar que tenía ella: “Venga, cada mochuelo a su olivo que no nos ha tocado más que salud, nena”.