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Miss Bennet&Mr Darcy |
Todo insomne ocasional o echado a perder tiene momentos en la noche
de semivigilia o semisueño donde la confusión alimenta las peores suspicacias y
suceden conversaciones insólitas, monólogos disparatados a la fuga y, con suerte,
se alumbran un par de intuiciones.
Como que a veces
convertimos a una persona en personaje y lo condenamos así a la
inmortalidad, a la épica inmerecida, a no desaparecerse. No podría concebir mi vida sin Drácula, sin Miguel Strogoff, sin Jane Eyre, sin Anna Karenina, sin Jo March… Sin Mr.Darcy. El ejemplar de hombre atormentado que quiere en silencio y pretende ser interpretado por el violento crujir de sus nudillos y ese orgullo que simula altanería y es sólo incompetencia de corazón.
Si cierro los ojos los veo nítidamente, los amo y los indulto. Paso por alto sus miserias y debilidades. El daño que me hicieron sus palabras. Su falta de atenciones. La distancia. Las cicatrices en el cuello, los bailes de salón.
Uno acepta al personaje aunque le quite el sueño. Y habla con él en la oscuridad y alumbra otra certeza.
Como que se escribe para espantar a la bruja o para liberar a la bestia encerrada en un dedal. Pero también para soltar las jaurías de incógnitas y obtener un molde fiable de la belleza, la justicia y la bondad.
Tengo barro en la cabeza y en los ojos. Si me los froto me haré un Jackson Pollock.
La
culpa la tiene la señorita Elisabeth Bennet. Y Jane Austen, la mano
que mece la cuna. Y la belleza ósea y turbadora de Keyra Knightley. Y la vencida languidez de tormento de ese Mr.Darcy llamado Matthew Macfadyen con los que me acosté para estrenar mi flamante disquetera externa, en una maniobra de burla a mi principio sagrado de no tener tele en el dormitorio. Así nos dieron las once, y las doce y la una y tras despedir con un suspiro el romanticismo adictivo de “Orgullo y Prejuicio”, entendí que no iba a pegar ojo.
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El insomnio es un Jackson Pollock |
Y entonces me puse hablar con él. Y asumí, rendida, que cuanto más me debilito más se crece. Y que debo desmontar al personaje para dejarle ir, o incorporarlo a mi piel para siempre. Y luego dios dirá.
“El orgullo está relacionado con la opinión que tenemos de nosotros
mismos; la vanidad, con lo que quisiéramos que los demás pensaran de
nosotros”. (Ay, Jane Austen, eres de carpeta de adolescente y ellos no lo saben)
Una de las peores certezas de un insomne, aunque sea ocasional, es que una vez que escucha el clic del duende porculero pierde la fe en el fundido a negro. Y entonces le da por fabular (a otros por asaltar el mueble bar o el botiquín o la despensa).
Yo anoche me pegué un atracón de letras y aún me regurgitan violentas, desabridas. No sé qué hubiera hecho en mi lugar la señorita Bennet, esa mujer valiente. Debo averiguarlo esta noche, o las noches que vendrán. Solas tú y yo. Aunque ya te aviso de que no le haré ascos a un trío insomne con Darcy, que ya es mío después de un revolcón eterno que pienso repetir todas las noches.