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Totum revolutum |
Asegura Siri Hustvedt en su último libro “Vivir, pensar, mirar” (Anagrama) que “robar de la propia memoria para escribir un relato de ficción puede tener un efecto peculiar en el propio recuerdo“, y cita a Nabokov, que en su libro “Habla, memoria“, escribe: “He notado a menudo que después de haberle prestado a uno de los personajes de mis novelas algún apreciado elemento de mi pasado, este elemento acababa languideciendo en el mundo artificial donde con tanta brusquedad lo había situado”.
Puede que escribir sobre uno o aprovechando elementos personales -en adelante “material de derribo“- sea el recurso de los mediocres, y ahí me incluyo. Pocos relatos que emprendo carecen de referencias reales. La imaginación radical engendra monstruos si no eres un virtuoso de las letras, me temo. Pero contar sin talento un hecho arrancado de tus tripas es como contar mal un chiste ante un auditorio que escucha con suma atención. Te compromete mucho más que hilvanar un relato fantástico sin aparentes referencias a tu pasado o al de tus amigos. Toda la épica que alumbró ese momento queda pulverizada en un mal relato. Pólvora mojada. El peligro de usarte como conejo de indias en el laboratorio de lo que escribes es el extrañamiento que precede a la decepción. Puedes no ser en absoluto interesante. De hecho, no lo eres. De ahí al diván podría haber un paso.
Pero vivir es mirar, querida Siri, estoy de acuerdo. Siri, mujer de belleza magnética irremediable e injustamente condenada a unir su destino de escritora al de su marido, Paul Auster, en las crónicas de suplemento cultural. Tan talentosos ambos, tan atractivos, tan cool. Una pareja de éxito que a veces lanza libros a la la vez y espera jugando al ajedrez el veredicto de su público. Imagino qué pasaría si los dos escogieran un episodio de su vida común para llevarlo a sendas novelas, para regocijo y/o escándalo de la crítica. Aunque en nada se parecerían, porque uno es lo que mira, y ahí no hay filiaciones matrimoniales que valgan.
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Siri Hustvedt |
El punto de vista. Esa es la cuestión. Cinco hermanos recuerdan un episodio de su infancia durante un fin de semana en el chalet familiar. El día que llegó a casa la primera televisión en color, por ejemplo. El día que su padre ya no volvió a casa. El relato constaría de las voces en estilo directo de cada uno de los hermanos. Los detalles, las descripciones y, por supuesto, los sentimientos, serían absolutamente dispares. El escritor es ese tipo que oye voces en su cabeza y escoge una de entre tantas posibles. Y esa apuesta decide su destino.
Hoy podría, por ejemplo, escribir un relato titulado “La hora extra” con los testimonios de varias personas que relatan cómo es un día con una franja más en el reloj. Qué pensamientos extraordinarios les asaltaron. A quién llamaron para quemar cinco o diez minutos. ¿Arreglaron la barra de la cortina que se cae y da pereza? ¿Hicieron la lista de la compra? ¿En lugar de ducha fue baño con aceite de bergamota? ¿Comieron una vez más, hicieron el amor, arrancaron una novela?
Todo el material que uno mira, siente o imagina puede ser literatura. Incluso los escombros. Escribir es volver al lugar, al momento, revivirlo/reimaginarlo y comprobar cómo languidece. Y Nabokov es un tipo muy listo, tan sagaz que ya mismo me apunto que debo leer sus memorias antes de que me asalte la tentación de escribir las mías. Tal falsas como un recuerdo postergado. Como Siri Hustvedt, pero sin su marido de diseño ni esa mirada inteligente y azul con la que me desafía desde la cubierta de un libro que iré leyendo a trompicones. Material de derribo una vez que caiga el velo del The End y dé paso al siguiente, escorado en mi mesilla, en mi memoria…