P { margin-bottom: 0.21cm; }“Uno es solo, completamente solo y es
azul”. El jardinero llega hasta ahí en sus pensamientos más
abstractos y se detiene sin resuello. Ahora contempla una
salamandra manca en la pared encalada y se pregunta qué podría
hacer por ella. Matarla, quizás, y liberarla de sí misma, de
arrastrarse como una tonta penitente en busca de insectos, aturdida
por la luz
. O lanzarla al cristal, a ver si de verdad esas patas son
ventosas. Tal vez con un poco de saliva. O meterla delicadamente en una caja de cerillas, llevarla a casa y darle de comer, velar su sueño herido.

El hombre duda como duda de
que el fin del mundo no sea el fin del mar
o el recodo que emparenta
el bosque con la falda de la montaña. Y ahora se plantea de qué
color será la sangre de una salamandra. Su temperatura, densidad y
volumen una vez extraída. ¿Toda la sangre de un reptil pequeño
cabe en una probeta, en un dedal o un portaminas?

Su sabor. ¿Metálico, salado? Mejor
que chupar cal. Eso seguro. Peor que el recoveco íntimo y húmedo
de una mujer. De cualquier mujer menos la suya
.
Al jardinero le pasa lo que le pasa a
los hombres sin fe y sin grandes pensamientos. Debe actuar. Sacar la
azada y el rastrillo. Liberar a una planta de sus ramas secas. Cortar
la rosa marchita, echar un escupitajo en la pradera y descansar del
plomo de ese sol. Un largo trago. Y se plantea que el seto se ha
escapado por sus fueros y que esa magnolia es droga dura, el perfume
mareante de un puticlub local después del sexo. Y entonces, puede que por
asociación de ideas, siente ganas de orinar. Y lanza un chorro
poderoso contra el tronco del árbol, y lo orienta después contra la
pared, y sube hasta alcanzar a la salamandra. El pobre bicho ni se
mueve
, deja que lo inunde la miseria líquida, el orín caliente y la
materia orgánica que es el ser humano desnudo y sin discurso.
Y a ella le falta una pata. Quién se
la cortaría. Y él se guarda el sexo, lo protege. No sea que le
muerda. El animal empapado y vengativo. Y cae la tarde y el jardín
huele fuerte a todo junto. A jazmines y a dama de noche debutando, al
sudor rancio del cuerpo del jardinero diez horas de trasiego
incesante. La siesta, lo mejor, bajo un magnolio. Y solo, tan solo y
tan azul. Y no le da para más disgresión pero lo siente. Siente que
alguien lo mea sin permiso. Que el destino es infame con los simples.

Que olvidó afilar esa tijera. Que mañana
es fiesta y que esa puta lo espera pegajosa de tedio y de perfume.
Que podría llevarle de regalo una pata de salamandra. Un broche en
el sostén, qué divertido. Que después será lunes, otro lunes.
Azul, caliente, desmemoriado y seco. 
Y entonces con su bota
derecha, pesada y con remaches y restos de hierbajos en la punta
aplasta al bicho y lo restriega despacio y a conciencia contra el blanco impoluto y lo deja perdido.
Y es parda. La sangre es oscura, espesa como el alquitrán. Y
él sonríe, satisfecho. Y recoge sus aperos, arracna una flor casi seca y vuelve a casa.