“El año que vivimos peligrosamente”

Ser futuro es pasar de leerse las glosas de lo que fue.

El regodeo en el pasado me ha parecido siempre una pasión inútil. De los tres tiempos de la vida, el que ya fue es un aborto que arroja toneladas de nostalgia, desdén o la evidencia de que estabas allí y no hiciste nada por congelar el insecto bajo la gota de ámbar. Encuentro que las personas que viven de recuerdos huelen a naftalina pero encima tienen polillas.

Los periódicos del fin de semana se han dedicado a mostrarnos a los muertos y las fotos más sensacionales del año que vivimos peligrosamente. Pero no hay fotogramas a la altura del único Mel Gibson que para mí ha alcanzado el estado de gracia. Ese reportero que se juega la vida en la Indonesia comunista acompañado de un colega semienano y con Sigourney Weaver como soberbio contrapunto y tercera pata de la trama.

Lo que acabo de hacer es claramente un ejercicio de nostalgia. Me ha faltado añadir “ya no se hacen películas como ésa”, donde la aventura, la tensión sexual y los personajes deliciosamente ambiguos te envuelven en un viaje con tantos giros inesperados del destino. La película es de esas que revisito de cuando en cuando, y siempre le encuentro un matiz, un diálogo, una mirada que me deslumbran de nuevo.

Con los resúmenes periodísticos del año no experimento más flashbacks que la melancolía. De ahí que la retransmisión de las campanadas tenga algo de grotesca pantomina, de hoguera sarcástica, de despedida absurda donde los cuartos duran la eternidad, y esos personajes vestidos con capas y vestidos de paillettes son representaciones ajadas y hieráticas de la muerte. Regada con champán, pero muerte.

Anoche me tragué enterito el “Especial Julio Iglesias” y entenderé que muchos me dejen de leer en este instante, decepcionados. Cuando te hacen un especial con entrevista solemne de periodista con cartel de “soy inteligente, cuéntamelo a mí”, ya puedes echarte a temblar. El artista antes llamado play boy me pareción un ser vencido, lúcido ante la evidencia de que ya no es quien fue por mucho que insistiera en que su canción era, es, “La vida sigue igual”. El especial era un epitafio con permiso del muerto, que habló del pasado con vehemencia y del futuro con ¿desesperación?

Cuando te queda tanto futuro como pasado debes ser cauto. A los cuarenta los proyectos funcionan mejor que el bótox, pero las conversaciones sobre el colegio y el primer revolcón son un salto mortal hacia la decadencia. Eso incluye escuchar a Mecano a todas horas o ponerte unas mallas con calentadores para salir.

Ser futuro es la consigna. Y de las uvas lo mejor sigue siendo una buena copa de vino rodeada de gente que proyecta y va siendo a medida que es, no a costa que lo que un día fue.

¡Gaudeamos Ígitur!