Mi querida Big-Bang:

¿Puede un artista pop ser de derechas? Al parecer hay quien lo pone en duda y monta un pollo a la pobre Russian Red por atreverse a confesar su ideología azul. Si eres artista tu obligación es ser maldito, contrario al libremercado, al té con limón y pastas  y a las camisas con iniciales bordadas. Si te subes a un escenario qué menos que vestir tu alma de cuero negro con tatuajes, vomitar sobre la tumba de un  liberal insigne e incorporar el término fuck a alguna letra. Pero además, fumarás, tendrás un pasado lleno de sustancias chungas y una colección de bragas y sujetadores rojos lanzada por las fans en una noche de delirio y desenfreno.

En cambio, un abogado de bufete puede  llevar con solvencia un polo azul con la bandera cuando se quita el traje de Ermenegildo Zegna. El pelo, de estilista y con gomina en homenaje al tiburón de los 90, y vermouth con aceituna en el aperitivo del club de campo donde devana los sábados con sus amigos mientras las esposas charlan al sol. Es un tópico, desde luego. Pero abogado de éxito va unido a heterosexualidad militante, foie con manzana asada y aftershave de Dior. 

Si en cambio eres obrero de la construcción, más te vale ser de izquierdas y atacar a “los ricos” en tu discurso. Además, tendrás que decir que eres de clase “trabajadora”, porque ya se sabe que los de oficina y traje no trabajan. Sólo dejan pasar las horas al sol del flexo mientras cierran operaciones de vértigo que los hacen aún más ricos. Otra falacia.

Si eres ama de casa escóndete o las chungas arrugaremos la nariz dando por hecho que sólo nos resta hablar de hijos, del look de Ana Rosa o de recetas de cocina de más de 10 minutos de elaboración. Daremos por hecho que consideráis que “Los Pilares de la Tierra” es alta literatura, que habéis ahogado vuestras aspiraciones en un vaso de moscatel y que vuestros armarios están impecables, ordenados y asténicos como vuestro corazón. Sois, en nuestro injusto discernimiento, un poco Sarah Palin, un poco Vilma Picapiedra, un poco Doris Day. Y folláis (con perdón) los domingos y fiestas de guardar.

Prejuicios. Las rubias somos tontas, nos liamos en las glorietas, juramos por Frida Giannini, amamos a destajo a rockeros malditos y rapsodas del verso. Vivimos en Bauhaus, vemos cine francés y moriremos tontamente cuando el tacón de un zapato se quede atrapado en las vías del tren el día que corríamos a poner el tinte a tono con nuestro deshilachado frenesí.

Artistas locos, taxistas fachas, tertulianos incultos, peluqueros gays, actores narcisistas, arquitectos esnobs, argentinos freudianos…

Sin etiquetas estaríamos perdidos. Con etiquetas, me temo que también.