Las mejores preguntas son las inesperadas, esas para las que no hemos habilitado una respuesta y nos obligan a rebuscar entre la paja de pensamientos, a veces a la desesperada, hasta dar con una aguja. Habilitar una respuesta es como preparar la habitación de los huéspedes. ¿Si no tienes habitación de huéspedes te quedas mudo? No, te buscas la vida e improvisas un camastro al fondo del pasillo.

Cuando haces una entrevista a alguien notas cuándo has preguntado algo único, distinto -alta costura- y cuándo te sirven el pret-a-porter de las respuestas. La culpa, si la hubiera, suele ser más del entrevistador que del entrevistado (sujeto paciente, pacientísimo). Y de nuevo debo citar a SP: “Toda persona entrevistada acaba reducida a los límites mentales de su entrevistador“.

Casi siempre somos capaces de decir cosas más interesantes de las que decimos, sólo hay que elegir bien el con quién. Me sorprende la ligereza de nuestra aproximación a un interlocutor. A menudo elegimos frontones, paredes planas e inamovibles,  donde nos devuelvan la pelota en el mismo sitio para tirar desde el mismo ángulo. Poco riesgo, poco lucimiento. Pero el día en que dejas el frontón y empiezas a jugar al tenis con un rival que te obliga a hacer torsiones, estirarte, subir y bajar a la red, ese día extraes lo mejor de ti mismo y es una bacanal estimulante.

Ayer pensaba que los seres humanos funcionamos a base de rellenos. Estaba, sin duda, preparándome para el curso de filosofía para profanos al que me acababa de apuntar en un impulso de obediencia a mi amigo el innombrable -el artista antes llamado J.E-.  A mí me pones un “profanar” delante y me envalentono. Profanar es como violar pero en bonito, y un curso sobre violación del pensamiento se me antoja la mejor forma de encarar preguntas para las que no tengo respuesta. Sobre tres temas prefijados: el deseo, la creación y la felicidad. O sea, una sucesión encadenada que explica la Vida: deseas, ejecutas y celebras (o te frustras si la cosa se da mal).

El deseo es la madre del cordero. El otro día, atardecer de domingo, paseé con mi hija mayor por un Madrid desganado por esta primavera prematura tras un día de cocooming generoso al que no le pusimos pega alguna. I. sentía deseos de contar y de expresarse. Lo hizo a borbotones, como una mente joven y sin embargo ágil, vehemente. Me obligó a algunas contorsiones, no tenía respuestas preparadas. Sentí que era mi deber confeccionarlas y ser honesta sin causar desgarros de palabra (que es obra y omisión, digan lo que digan los curas). Me asombró su mirada sagaz sobre las relaciones pese a su escasa experiencia en el amor. Yo apenas balbuceaba, ella era una metralleta de incógnitas y disparaba sin darme resuello. Sentí ese orgullo de madre superada por sus hijos. Volvimos a editar el placer del paso a dos, del juego de la verdad (esa entelequia). Luego me detuve frente a la iglesia de mi antiguo colegio. “¿Me acompañas? No he entrado en 30 años y me gustaría ver cómo está?”. Ella declinó, entré yo sola,  y hablamos como sigue:

-¿Por qué te gustan tanto las iglesias?
-Porque son sitios de paz si están vacíos. Me gusta entrar a oscuras y pensar.
-Pero es por el arte, ¿no, mamá?
-No sólo por el arte. Yo muchos días entro y paso unos minutos sentada y concentrada, reflexionando.
-Ah, ¡pero no es para buscar a dios! ¿Qué es lo que buscas?

Esta semana me han hecho dos entrevistas. Diría que las dos satisfactorias. Una más enredada en el ancla con algas de las letras y autores, otra en los avatares de la cotidianidad estirada a los límites donde la carne duele o el tirón molesta a los demás. Pero sin duda alguna la mejor entrevista me la ha hecho mi hija. Desde la urgencia infatigable de sus diecinueve años. Y noto que aún tengo agujetas, que lo que respondí ha seguido respondiéndose solo, allá por mis adentros. Que me provoca más ganas, que me duele y me deja, sin embargo, con esa sensación eufórica de haber violado, o profanado, un territorio virgen de mí misma.

Igual que un buen partido.