Estudié en un colegio de chicas, ministro Wert, y con el tiempo la segregación que usted defiende ha resultado ser una catástrofe.
Tanta mujer uniformada junta era una bomba hormonal de relojería que las monjas reactivaban cada mañana. Sí, hay estudios que aseguran que el rendimiento se dispara cuando no mezclas chicos y chicas, pero también hay compuestos químicos explosivos que se comportan en probetas con cierta inocente naturalidad, pero cuando salen del laboratorio provocan hecatombes. Y ese fue el caso.
Las niñas de las monjas vivíamos recogidas en las aulas de “con flores a María”. De los chicos sabíamos lo que teníamos en casa, en el mejor de los casos. De manera que el hombre era un ente idealizado con el que tardaríamos mucho en interactuar y que dio pie a un sinnúmero de fantasías tontorronas. Si a esto le unes la precaria educación sentimental recibida, el resultado sólo podía ser una catástrofe.
Para cuando tuvimos las primeras pandillas mixtas ya era tarde. Como presentarte a unas olimpiadas sin más entrenamiento que las dos horas a la semana de educación física con las que mareábamos el patio vuelta a vuelta. Un hombre, bajo nuestro sesudo punto de vista segregado de niña del Mater Inmaculata, era un ser distinto, excitante y un punto amenazador. Y debo reconocer que por debajo de esa percepción yacía otra inoculada silenciosamente: los hombres se distraían, eran menos capaces. De ahí a pensar que pese a todo jugaban con grandes ventajas sociales y que por tanto nosotras debíamos apurar para cogerles la ventaja en cuanto saliéramos al mundo mixto, había un paso.
O sea, que el feminismo mal entendido surgió en los colegios de monjas. Esas mujeres asexuadas y retorcidas -con excepciones- que no habían conocido más varón que a Jesucristo y que pensaban que sus vástagas debían seguir el ejemplo durante esos años adolescentes sin medir que muchas saldrían desatadas por conocer, por experimentar como si el hombre pudiera ser el jeroglífico que diera la respuesta a sus reprimidas curiosidades.
Me gustan los grupos mixtos. Los sandwiches mixtos. Las verdades unisex. El gin con tonic. Me gustan los hombres, he aprendido de ellos a pesar de las monjas. Y también me he reconciliado con los gallineros de mujeres (y espero que se me perdone esta licencia sexista) Mis viajes sólo chicas con amigas o con mi hermana y mis cuñadas son siempre desternillantes. No apoyo por definición a los colectivos de mujeres, pero en algunos temas aún me cuesta ser imparcial. Detesto a las ex mujeres que chupan la sangre a sus ex maridos/parejas y los desposeen de su casa, de una parte importante de su salario, de su dignidad y de sus proyectos de vida. Y a mi chuki pequeña la metí en una cuna con Mateo, el bebé de mi amiga B. nacido pocos días antes, en un acto simbólico de integración de sexos desde los primeros balbuceos.
Así que ministro Wert, usted sabrá lo que hace. Todos tenemos derecho a decidir con quién estudian nuestros hijos, desde luego, pero puede que separar lo que la naturaleza ha unido en pro de un rendimiento superior no deba premiarse con subvenciones estatales.
Y eso no lo descubro yo, desde luego. Ya lo hicieron Los Bravos en 1967, el año en que nací. Y no hay mayor filosofía que una canción pop de cuya letra nadie mayor de cuarenta años se ha olvidado.