Muchas mañanas coincido en el autobús con una madre. Es corpulenta, de gesto adusto y fuma a profundas caladas mientras sus dos hijos, de unos ocho y once años, se miran las puntas de los zapatos, cargados con enormes mochilas. No hablan.
Una vez en el autobús y liberada de la carga del tabaco, la madre examina al mayor. Unos días es inglés, otros conocimiento del medio, los menos, lengua. Le hace las preguntas con un tono severo de Rottenmeyer desubicada, y el niño responde como si le fuera la vida en ello. Si se equivoca en una palabra, aunque emplee un sinónimo, la forzuda se lo hace saber con aspereza.
–La Constitución española se creó en 1978.
-No se creó. Se APROBÓ. Mal, lo dices mal.
El niño, contrariado, repite “aprobó” tres veces al cuello de su camisa, bajo la mirada reprobatoria de esa mujer a la que entenderéis que dan ganas de estrangular. El más pequeño, a su lado, resopla por su suerte aunque sabe que en pocos años será sometido al escarnio de la memorieta. Ese método de estudio tan estimulante que nos convierte en robots incapaces de generar pensamientos propios, pero sí de albergar rencor infinito contras los dictadores que imponen la ley.
Vuelvo a la madre. Ese paquidermo de mi edad que cree dominarlo todo y a quien se le escapan abundantes laísmos cuando habla por teléfono. Ganas me dan de intervenir en un acto de liberación del pobre Willy, pero me limito a lanzar exabruptos mentales. Porque la Constitución, esa que fue aprobada en 1978, ampara su derecho a la libertad de expresión, aunque sea una mala expresión. Y su condición de madre ampara el derecho a corregir a sus hijos como le venga en gana, mientras no emplee la violencia, presuntamente.
Y me pregunto qué tipo de complejo tendrá la corpulenta para necesitar desesperadamente que su hijo recite las frases que otros pensaron. Y por qué muestra tanta rabia al preguntar la lección. Y si es tan perfeccionista, que lo dudo, por qué no se estudia -de memoria- el leismo, laismo y loismo y dedica los viajes en autobús a alentar a su hijo en lugar de a convencerle de lo mal que se lo sabe.
Como madre imperfeccionista que soy me declaro enemiga de las madres (y de los padres) que se miden a través de sus hijos. Que se frustran si ellos no alcanzan esas metas que su fantasía ha imaginado para ellos. Que no entienden que ser padre no es ser carcelero. Que tu hijo muchas veces te supera aunque lo haga con una discordancia verbal, una disonancia fonética, un exabrupto.
Y que lo mejor del camino al cole con un niño de diez, de once años, es que aún se deja acariciar, y que te besa con ganas y que, a pocos metros de la puerta del colegio, se vuelve para decirte un último adiós con la mano. Y ese momento es tan pleno, que no lo encontraremos definido en ningún libro del cole pero se manifiesta en el latido redoblado del corazón. Y se evapora mientras tú fumas con ansia un cigarro en la parada, so gorda.